Capítulo 5.

Llamé a la puerta. A diferencia de nuestros encuentros anteriores, esta vez acudió ella a abrir.

-Hola, Anne-Laure.

-Hola, Víctor. Pasa.

Cerró la puerta a mis espaldas. Me quitó la cazadora, solícita, colgándola en la percha. Entramos en el salón.

-¿Quieres tomar algo?

-Eh... Sí, un vaso de agua.

Se acercó del mueble bar con una bandeja en la que portaba una botella de agua, dos vasos y servilletas de papel. La depositó en la mesa y escanció los vasos, acercándome uno.

Estaba radiante. El pelo recogido en una cola de caballo dejaba escapar unos mechones que caían traviesos sobre su frente. Se había cambiado la bata por una de satén color marfil intenso que le llegaba hasta los pies. Pese a estar cerrada, se ceñía al busto, y los surcos radiales que dibujaban los senos en la tela los realzaba, notándose el tentador relieve de los pezones. Su rostro, desde una limpia luz velada que parecía brillar bajo su tersa cutis, deslumbraba sus sonrisas y miradas, relajadas y contenidas, misteriosas en su sabiduría.

Sacudí la cabeza al notar que ella aguardaba con mi vaso en la mano. Sonrió dulcemente mientras se sentaba. Bebí un sorbo.

-¿Has comido bien? -pregunté con cierto nerviosismo.

-Sí, muy bien. ¿Y tú? ¿qué tal la comida familiar?

-Muy bien también. -Sonreí. -Estábamos todos. Mis padres, mis tres hermanas y sus novios.... Nueve en total.

-Mucha gente. ¿Te llevas bien con ellos, con los novios de tus hermanas?

-Sí, muy bien. Ya son parte de la familia. Dos ya han fijado fecha para la boda, y la pequeña lo hará en breve. Una pareja, la de mi hermana mayor, se casarán el año que viene y la mediana el siguiente. Me río mucho con ellos. Son como los hermanos que nunca tuve.

-Así que tú eres el único soltero de tu familia...

-Así es.

Bajé la cabeza con cierta brusquedad. No deseaba avanzar por ahí. Ignoraba cuánto sabía ella de mí, y sus naturales indagaciones sabían a conversación forzada. Ella guardó silencio, bebiendo de su vaso. Evité ese espinoso rumbo, ahora que estaba a tiempo, e intentar salvar la cálida atmósfera.

-¿Qué has hecho después de comer?

-Tomar un baño corto y acostar para dormir siesta... Costumbre española, ¿no?

-Sí -sonreí. -Pero hoy, con todo esto, yo no hubiera pegado ojo... ¿Te he despertado?

-No. Despierta cuando tú llamar... has llamado.

Guardé silencio otra vez. Sentía mi chispa encarcelada, intentando librarse a golpes dolorosos contra la reja y lanzarse de cabeza al lago dorado que era la profunda sugestión de semejante compañía. Decidí coger el toro por los cuernos.

-Escucha, Anne-Laure... He estado pensando, y me gustaría saber qué soy para tí, qué planes tienes conmigo, ahora que sé lo del dossier, si vas a venir otra vez y qué sabes de mí... -dudé. -No, esto último mejor no... -Volví a dudar, y me recliné hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas. -Bueno, únicamente si no vas a volver más... No, tampoco... Maldita sea. He estado ensayando mil veces esto, y aún no lo tengo claro...

-Víctor... Yo también pensar... he estado pensado. Y tus preguntas son lógicas. Empecemos por la primera, ¿de acuerdo? Mi intención al planear este encuentro es... era estar con un amante ocasional, disfrutar de tu compañía y tu imaginación, hacer el amor con más tiempo y descanso, y tantear para ver si gustar bien que venir más veces en el futuro. En París, nuestra primera vez, ver en tí un hombre excepcional, primario, bien dotado, fuerte, apasionado y enormes ganas de aprender y complacer. Me gustó mucho sentir a tí encima de mi espalda mientras dormir... -Abrí la boca, pero ella puso sus dedos sobre mis labios en rápido gesto. -Tus caricias y besos me despertar un poco, sonreír en la sombra y volver a dormir dulcemente, mientras te movías encima de mí... Pero tu comportamiento esta mañana volver todo del revés. Durante el baño he cambiado esta intención...

-¿No vas a volver más, verdad? -interrumpí, nervioso. Cerré los ojos y me pellizqué el puente de la nariz. -Lo entiendo. Lo que te he hice no tiene nombre... He intentado saber porqué actué así, porqué te obligué a hacer aquello al terminar… Quise probar algo que se me ocurrió en aquel momento, pensando sólo en mí...

-No me refiero a eso. Te decir que durante el baño he pensado en tí, cómo enfrentar a los falsos periodistas, tu reacción a mi error, tu sinceridad, la segunda oportunidad que me das, tu modo de cobrar daño que te he hecho... Sí, me siento a gusto contigo, y quiero tener a tí por amigo y amante, si tú quieres. Yo quiero volver a estar contigo más veces en el futuro... sólo si tú quieres estar conmigo también.

-Me... me gustaría mucho, pero… Lencería y baile, sí, la mamada, también, el correrme en tu boca, incluso también, pero lo siguiente, que no sé cómo se llama y me da miedo saberlo... Casi te asfixio...

-Se llama deep throat... garganta profunda en español. No sé si nombrar así entre las profesionales españolas. Es algo habitual, sobre todo actrices de pornografía. Ser muy vistoso y escenáfico…

-Escénico.

-Eso, escénico. También ser muy incómodo, pero si saber hacer bien, es mucho placer para el varón...

-¿”Saber hacer bien”? -repetí, abriendo mucho los ojos. -¿Y cómo se hace bien una cosa así...? Tal vez nos guste mucho a los hombres, pero no puede gustaros a vosotras... Tu actitud no dejaba lugar a dudas...

-No ser para tanto, Víctor -sonrió. -Tú entrar en mi boca y forzar, y yo aguantar con mucho gusto para saber cuánto aguantar por tí. -Se acarició el cuello, haciendo un gesto aclarador. -Es difícil explicar porqué, y no por no conocer palabras españolas, es difícil explicar como... como mujer. Voy a intentar... -Se ensimismó un poco y se decidió. -Tú me consideras una mujer atractiva, ¿no es así? -afirmé con la cabeza. -Bien, pues eso me lo dices no sólo con palabras, también con tu cuerpo. Me gustar... me ha gustado mucho sentirte tieso, duro, fuerte... en mi boca, durante mucho rato. Mucha pasión, mucho fuego, mucha entrega y aguantar... en todo tu cuerpo, y concentrado en tu sexo, por mí -se llevó la mano al pecho. Sus ojos brillaban. -Por mí. Conmigo, pese a mi belleza, algunos hombres no llegan, otros llegan mal, otros caen al rato de empezar y les costar mucho terminar, exigen mucho o cosas raras... Pasado el encuentro con ellos, si los recordar días después, algunos no siento nada, otros no quiero verlos más, me dan asco, pero otros quiero volver a estar con ellos, porque ellos sentir auténtica pasión por mí, yo sentir su interés...

-Creo que te entiendo, pero... ¿es que no debería ser siempre así, y más con una mujer como tú?

-¿Lo ves? -hizo un gesto, como cazándome. -Eres... puro, inocente, sincero, humilde, crees en las mujeres como... mujeres. No perder esto nunca, por favor. Nunca. -Recalcó con mirada intensa. -No molestar hablar de otros amantes... Dar siempre lo mejor de tí a la mujer con la que estás... Yo percibir esto en tí en nuestro primer encuentro. El tiempo darme la razón. Además, intuir que... ¿has dicho nuestra noche en París a alguien, a tu familia, a tus amigos...?

-No, a nadie.

-¿Porqué?

-No lo sé... Antes de la cena, ardía en deseos de contárselo a mis amigos, pero después... Tú confiabas en mí, en mi silencio. Si Aque-Indal decidía usar esto como publicidad, ya daría los detalles pertinentes de nuestra cena, pero nada más. Hasta entonces, quería guardar para mí solo ese recuerdo y regustarlo... Temía que si decía algo perdería toda la magia del recuerdo...

-¿Ves? Intuir esto en tí. Soy especial para tí. Y esto me gusta, me gusta mucho.

-Bueno, nunca antes había estado con una chica... Por supuesto que eres especial. Ni en mis más locos sueños pensé que mi primera vez sería con una mujer como tú...

-Una mujer como yo, para muchos hombres ser un trofeo que exhiben a sus amigos y conocidos. Para otros ser una amante con que se desahogan, piensan que como ser hermosa y atractiva, saber todos los secretos del amor... Y yo saber bastantes, sí, pero si practico con ellos, es porque me apetece, no porque me pedir ni me exigir. Muchas veces me niego, ellos no merecen. Y no me importa, sé que es así, no poder ser de otra manera con ellos. Pero contigo es distinto. Tú dar mucho, mucho más que recibes. Me gusta dar y enseñar a tí. Además de tu pasión, siento tu respeto por mí...

-¿Respeto por tí? Pero si antes no... –volví a insistir. Ella posó un dedo sobre mis labios.

-Yo saber que, después de... to shot, to cum shot… ¿correr, se dice...? en mi boca, hacer aquello, forzar y probar una garganta profunda. -Mis cejas saltaron. -Te dejé hacer, porque tu curiosidad es sincera y espontánea. Me gusta tu iniciativa. ¿Ahora tú te sentir mal por aquello y arrepentir? Otra iniciativa. También me gusta. Yo sé que, si yo negar entonces, tú no hacer eso. Tú ser sensible a mis necesidades, pero en ese momento, querer... quería atender las tuyas sólo. Aquello no era tanto como parecer. Además, repito: quería explorar en mí, ver hasta dónde poder aguantar contigo, con lo que tú significar para mí. Tú hacer bien. Y tú querías eso a cambio del daño que causar yo con el dossier...

-Sí... el dossier... Has dicho que quieres que seamos amigos y amantes, pero muy difícil veo ser amigo de alguien que ya sabe absolutamente todo de mí.

-Bien... Déjame proponer esto... Olvidar el dossier.

-¿Olvidarlo...?

-Sí. Si me esfuerzo, puedo recordar detalles sobre tí. Pero no me esfuerzo, lo tengo... en niebla. Cuando recibir el dossier en mis manos, leí... en frío, para asegurar que no eras peligro para mí, para mi gente. Todo aquello que de decir… que digas de tí, resultará nuevo para mí, como si el dossier es... de otra persona. -Abrí la boca para objetar, pero ella alzó la mano. -Esto exige a tí mucho esfuerzo, confiar en mí, lo sé. Además, no poner todo. Tu imaginación y fantasía me sorprendió. Otra opción que pensar es dar a tí un dossier igual sobre mí.

Abrí mucho los ojos. La insólita propuesta causó primero enorme sorpresa, y luego, calma paulatina. Me daba a elegir. Notaba sus esfuerzos por arreglar la situación. No quise invalidarlos con las previsibles trampas que se abrían, una tras otra, en el camino hacia su persona.

-Si tienes una idea mejor, decir y poner en marcha. Incluso si... quieres que me voy y no volver más...

La poderosa luz llamaba, nítida. Como una frágil y titubeante polilla, decidí revolotear hacia ella. Esquivé las abundantes telarañas y las avispas cazadoras, y me posé en la superficie luminosa, bañándome en su cálida protección.

-Creo... que lo mejor es... olvidar el dossier.

-Bien. Para empezar, gustarme... no, me gustaría que me... darías tu número de teléfono móvil. Me gustaría que dar personalmente tú, escribir en un papel, y yo dar a tí mi número de teléfono... -bajó la cabeza. -No decir bien, ¿verdad?

Sonreí con ternura para mis adentros. Ella había vencido, y quizás quería rematar mostrando adrede un flanco débil y sensible, probablemente falso, requiriendo mi ayuda. Pero sus esfuerzos me hacían gracia. Dejé caer de una vez por todas mis reservas.

-¿Tienes papel y lápiz?

Levantándose, se acercó al teléfono y regresó con una libreta de octavillas y un bolígrafo. Anoté en él mi número de móvil y se lo di. Ella hizo lo mismo. Mientras escribía, explicó:

-Este número es de mi secretaria particular. Es de toda confianza. Decir tu nombre completo y ella pasar el recado a mí. Entonces llamar yo cuando tener un momento libre en intimidad.

Al dármelo, me apoderé de la mano y la llevé a mi boca, depositando en su dorso un suave beso. Quise continuar por encima de la manga, pero ella rescató su mano.

-Otra cosa. Debes... -dudó unos momentos, y cambió de tono: -¿No tener una amante desde nuestra primera noche en París, no es así?

-No, claro...

-Se nota.

-¿Ah, sí? -pregunté, burlón. -¿Y en qué se nota? Otra muestra de tu ego, ¿verdad? Crees que eres única y...

Interrumpió con gesto seco, señalando mi entrepierna.

-Debes depilar tu sexo.

-¿Cómo dices? -abrí mucho los ojos.

-Debes quitar tus pelos que tener aquí abajo -metió su mano entre mis muslos, abarcando con una caricia la bolsa escrotal, el perineo y la rabadilla por encima del pantalón. -Son muy molestos y feos. Si quieres tener sexo conmigo, debes hacer. En París, ser una prueba más de tu... virginidad. A las mujeres no nos gusta ese sitio lleno de pelos. Todo lo demás, espalda, pecho, brazos y piernas sí, nos gusta peludos, pero ese sitio no.

-No lo sabía... -me ruboricé violentamente. Ella rió por lo bajo.

-Por eso te avisar.

-Pero... -intenté reaccionar. Me llevé las manos a la entrepierna, como protegiéndola. -Si los hombres somos así... Nos sale el pelo por... eh... por todo aquí... Desde el ombligo hasta el...

-No, no, sólo depilar lo que te tocar, aquí abajo. Me gusta mucho tu... -acercó despacio su mano, metiéndola entre las mías. -... el pelo que tienes aquí.

-¿Y... y cómo lo hago? -tragué saliva. -¿Con cera, maquinilla eléctrica o crema depilatoria...? Esos métodos son muy... dolorosos e incómodos...

-Con navaja barbera. Te hacer yo más tarde. –Abrí la boca para objetar, pero puso sus dedos en ella.- Confiar en mí. Sé cómo hacer, tú dejar a mí. Parte de práctica médica. Salir ahora los dos juntos, y comprar la navaja, espuma y aftershave. -Calibró cómo encajaba aquello. -A cambio, me gustaría que tú corregir mis frases, decir el modo correcto de lo que quiero decir. Así repasar mi español. Y me gustaría también que enseñarme tu cuidad, y decirme un restaurante donde gustar a tí cenar conmigo para reservar mesa esta noche...

Clavé mis ojos en los suyos sin parpadear, la boca abierta en sonrisa asombrada. Moví la cabeza, incrédulo.

-Qué mujer, oh, qué mujer... -murmuré por lo bajo. Alcé la voz. -¿De verdad quieres salir por ahí conmigo?

-Sí... si tú no tener problema...

-No, no, por supuesto, será un honor para mí... Pero irás de incógnito, ¿no?

-Por supuesto que sí.

-¿Y si alguien te reconoce...? ¿y tus guardaespaldas?

-No creo que nadie me reconoce. Me vestir de informal. Hoy es buen día, con mucho sol, ir con gafas oscuras. A mis guardaespaldas les he dado día libre... Me pongo en tus manos.

-Si estuvieras en mis manos, otra cosa te haría... -mascullé en voz baja. -Muy bien, adelante. Evitaré las zonas en que suelo moverme para que la gente que me conoce no te vean conmigo y no me hagan preguntas...

-Como quieras. Voy a cambiar de ropa ahora. Tardar un poco. Si quieres, servir una copa para tí mientras esperas.

Se levantó y se fue otra vez al cuarto de baño. Al cabo de un buen rato, asimilado ya el impacto de su resolución, me levanté y me acerqué al mueble bar. Abrí la nevera y saqué una lata de refresco. Brindé en silencio por Anne-Laure y por la bebida que tenía en mano, cuyos beneficios estarían sufragando el coste publicitario de nuestro encuentro, sin otra muestra de fidelidad por mi parte. Antes de cerrar la nevera, llamé en voz alta.

-Anne-Laure... ¿quieres tomar algo?

-No, gracias. Pronto termino.

-Tranquila, no tengas prisa. Por tí vale la pena esperar. -Cerré la nevera y me senté en el sofá.

-Flatterer... adulador.

-Gracias, guapa.

-¿Dónde ir? ¿dónde me llevar?

-Pues... a sitios turísticos, típicos de aquí, la plaza y la basílica del Pilar, la Seo, las murallas romanas, el anfiteatro romano, el puente de piedra... muchos sitios... ¿Tienes pensado algún sitio en especial?

-Sí, donde tú me llevar, ése sitio es especial.

-Vaya, gracias otra vez, guapa -sonreí.

Anne-Laure salía del vestidor, cerrándose un pendiente. Quedé con la boca abierta. Vestía un jersey de cuello alto de lana de angora color marfil y un pantalón vaquero, prendas ajustadas a su espléndida figura. Las perneras holgaban bajo las rodillas, según la moda. Calzaba botas de tacón de discreto diseño. Bajo un brazo llevaba un bolso y un chaquetón de piel envejecida, que me apresuré a coger y abrir para que se la pusiera con comodidad.

-¿Nos vamos?

-Estás... estás guapísima... más que guapa, estás explosiva...

-Gracias -sonrió ella, mientras se ajustaba la prenda, soltándose los cabellos. -Como tú vestir ropa vaquera formal, yo vestir ropa vaquera formal también.

-¿Formal? –me miré y caí en la cuenta. –Tal vez, pero es lo que más a mano tenía para salir contigo sin hacerme notar demasiado… –La admiré de nuevo. -Pues te sienta de muerte... como todo. Menos mal que el chaquetón te tapa un poco las formas, que si no...

Puse la mano sobre el pomo, pero tardé más de la cuenta en girarlo. Me miró interrogante, a medio palmo. Recliné la cabeza, depositando un beso breve. Metí la mano bajo el abrigo, abarcando su cintura. Abrí la puerta, se puso las gafas de sol y salimos.

-Recordar que corregir mi español... -dijo ella, con brazos en jarras.

-Lo siento, pero yo parecer mal que corregir tus piropos... Además, así tú ser muy encantadora.

Ella lanzó una carcajada.

El paseo fue largo y agradable. Aunque no se lo propusiera, ella seguía llamando la atención. Su elegancia, su porte, su forma de moverse, sus sonrisas de cortesía despertaban ecos entre quienes nos rodeaban. Sus movimientos parecían volar y frenar al mismo tiempo, como en un ballet. El estudiado contraste de su ropa aparentemente informal. Al contemplar arquitecturas, escaparates de tiendas y admirar las bóvedas de la basílica y de la catedral, sus gestos de interés, cruzar de brazos, reemprender la marcha, detenerse otra vez más allá, inclinar o girar la cabeza... Al acuclillarse a ver de cerca una miniatura de venta ambulante en el suelo, los pantalones se ceñían explosivos a sus formas. De todo ello emanaba una feminidad y una soltura tales, que incluso las mujeres se fijaban en ella, deteniéndose cerca con cualquier excusa. Debido a la hora punta de peatones, este fenómeno era inadvertido, no así para mí; cuando giraba con intención de seguir adelante, pillaba una discreta serie de reacciones en algunas personas. Se lo comenté a Anne-Laure en voz baja, que sólo sonrió por respuesta. Decidí obviar aquello, intentando anticipar mis intenciones para dar tiempo a que la gente se retirara. Pero en una ocasión en que ella se detuvo en un escaparate y yo seguí andando sin advertir su ausencia, comprendí mejor la situación. Al volverme y esperarla, no me costó apenas extasiarme como observador ajeno, boca abierta casi incluida. La silueta y la soltura, con los brazos cruzados; la forma de andar, las rodillas rectas, el leve y magistral vaivén de caderas y piernas; la sonrisa, espontánea y cómoda… denotando su clase en todo, incluso al cogerme el brazo y seguir andando juntos. Llevé a cabo otro pícaro alejamiento, sólo que al revés: me detuve casualmente ante un escaparate, y de reojo y con disimulo, contemplé y disfruté de sus perfectas curvas traseras.

Pensé entonces en que las numerosas parejas que paseaban juntos se perdían el placer de ver a la otra persona de cuerpo entero. Verla caminar y moverse en la calle, sola, con toda naturalidad, sobre todo si disponía de una bella figura, sintiendo voluntariamente en sus entrañas el latigazo del deseo por estar a su lado y gozar de su confianza íntima, típico de los corazones solitarios, y aliviarse al instante pensando en que era así. Quizás sería una buena idea para reanudar el aprecio cuando la rutina y el hastío amenazaban con hundir la relación…

Cenamos en un restaurante del Casco Viejo. Incluso el camarero no permaneció indiferente. Aproveché ese detalle a nuestro favor, y en voz baja y deslizándole un billete, le pedí una mesa lo más apartada y equipada posible. La cena fue memorable, no tanto por el menú, sino por la compañía, en medio de un ambiente recogido, salpicado aquí y allá de ramos de flores y luces azules y violetas, las mesas alumbradas por focos velados dispuestos a media altura. La conversación fue amena y relajada. Al pedir la cuenta, casi se me cayó el alma a los pies. Decidí echar mano a la tarjeta, aunque se me fuera una parte significativa de mi presupuesto mensual. Pero miré a Anne-Laure, y el amargor desapareció. Salimos de allí dejando otra buena propina y nos dirigimos al hotel.

Pasamos la noche amándonos sin apenas descanso. Las batallas se sucedían, furiosas y fatigosas unas, relajadas y afectuosas otras. Las exclamaciones, los jadeos, los gritos contenidos, el crujir del somier, no subían más allá de un determinado volumen, como si quisiéramos pasar en silencio ante el mundo, para que éste nos dejara en paz. Pero mi cerebro se convertía en una caja de resonancia donde un quejido suyo, una inspiración especialmente sonora, un soplo, se prolongaba y provocaban respuestas en mi cuerpo.

Aprendí nuevas posturas, que ella se encargaba de armonizar en mi ignorancia, cubriendo aquello que yo no podía. Repetía la lección con paciencia y risas. Expresaba lo que le gustaba, tanto en respuesta como en conminación, y me animó a hacer lo mismo, sugiriéndome las formas. En una ocasión le pedí una determinada postura, y se me ofreció, pero pronto evidencié las dificultades que conllevaba y desistimos; en otra ocasión, ella me daba la espalda y me pidió las caricias más fuertes que podía darle, así que la complací. Pero ella pedía más. Apreté con todas mis fuerzas. Ella pedía más. No me atrevía a echar todo mi peso. Puso sus mano sobre las mías, posadas en su zona lumbar, y engarfió sus dedos, arañándose. Arqueó su lomo como un gato, al labrarlo con los míos. Lo repetí una y otra vez, alternando con masajes, trazos etéreos y cosquillas... En medio de su placer, permanecía pendiente de mí, y en dos ocasiones en que estuve muy cansado, cambiamos de postura, llevando ella la parte activa hasta terminar, pese a que le costaba mucho. Entre actos ella se refugiaba en mis brazos y demandaba poesía improvisada, vertida sobre su oído.

Nos amamos hasta bien entrada la mañana siguiente, con sólo dos horas largas de sueño, interrumpido cada pocos minutos. Tenía tanta sed de su belleza y su voz, tanta hambre de su cuerpo y su cálido aliento, que la llamaba y la acariciaba en sueños. Mi paso a la vigilia era impercetible; ella despertaba dulcemente ante mis requerimientos, y reanudábamos los combates.

Cuando Anne-Laure pidió el desayuno, nos demoramos mucho en tomarlo, jugando atrevidamente con las dulces viandas. Lo más chispeante fue cuando derramé una cucharada de miel sobre su escote, trazando un dibujo con el largo hilo goteante, y se lo lamí, entre risas y suspiros; ella respondió untando mi erecta intimidad de mantequilla y luego tomándose su tiempo, traviesa y juguetona, en limpiarme. Quedaban unos restos, tardíos adrede por su boca, cuando contraataqué, ladino, con caricias incitantes en su entrada íntima, pero acabó dándose cuenta del ardid por mi insistencia y el extraño y pegajoso tacto. Cubría con mermelada toda aquella zona, y con el masaje, extendía y profundizaba. Reaccionó espatarrándose en la cama boca arriba y divisando hasta dónde había llegado: la cara interior de los muslos, el bajo vientre, la rabadilla... Miró con rabia infantil. Encogido por las carcajadas, me revolcaba en el suelo. Conteniendo a duras penas la risa, sin alterar su postura bizarra, me acerqué a gatas, y comencé a lamerla muy despacio, en un grumo a mitad de muslo. En trazos de muy pequeña y exasperante diferencia de radio, acercaba mi lengua a su pozo. Ella aguardaba pacientemente, las manos tensas tras las rodillas. Al terminar con ambos muslos, me empujó y se acercó a la bandeja de servicio, apoderándose de una servilleta. Se secó con esmero lo que yo había recién limpiado, evitando el resto. Avanzó de rodillas, con exagerado enfado, me empujó sobre la cama y gateó sobre mí. Se detuvo encima de mi cara, se irguió, se apoderó de mi cabeza y puso su cavernita incitantemente confitada al alcance de mi boca. Abarqué sus muslos desde atrás con las manos, y con la punta de los dedos, abría y despejaba sus pliegues. Rebañe y rebañé sin cesar, hasta el cansancio. Cuello y lengua escocían de agujetas. Con los dedos, comprobó que faltaba el perineo y el vello púbico, su adorado monte de Venus. Obró en consecuencia, sin importarle el tiempo ni esfuerzo que había dedicado ya a la tibia y selecta mermelada. Cuando ya estuvo satisfecha, me consoló con masajes en el cuello y pecho, y me hizo suyo una vez más. En la ducha posterior que nos tomamos juntos, primero restregué todo su espléndido cuerpo con la esponja espumosa, despacio y con delicadeza, entre cosquillas y travesuras, y ella hizo lo mismo conmigo. Sólo que cuando se dedicó a mi entrepierna y frotaba ahí, me inflamé una vez más, incontenible. No hizo caso y siguió por las piernas. Se arrodilló y restregó mis pies. La serpiente amenazaba, fija y siseante, a pocos centímetros sobre su cara. Atrapé su cabeza y se dejó manipular, con una sonrisa. Y jugó y acarició y besó e hizo vibrar y metió en la boca y engulló todo el rato que quiso. Tras comprobar que no me entregaría fácilmente, recurrió a otros puntos mucho menos blindados. Una palma frotando el perineo endurecido y los dedos vibrantes repasando mis pliegues íntimos ligeramente traseros consiguieron la claudicación al poco rato, en forma de diminutas banderas blancas derramadas en su pozo sin fondo.

Salimos a dar un paseo con la mañana más que mediada. El sol no podía rivalizar con su luminosidad, protegiéndose de sus fuertes celos con gafas oscuras. En pleno bulevar del paseo de la Constitución, las hojas bajas de los árboles, sedientas de luz frente a la avaricia acaparadora de sus compañeras de ramas superiores, parecían girarse hacia ella, buscando un respiro. La gente se prendaba del derrame de oro que iba dejando su amplia cabellera rubia.

De vuelta al hotel, y con la despedida inminente, nos unimos nada más entrar, de pie, conservando un milagroso y enroscado equilibrio. Satisfecha ella en mi tesura y chispa de fantasía lírica, se dedicó a mí con osadía, exprimiendo con rápido y veterano ritmo las últimas gotas del desierto, colmándolas en su boca. Con precipitación, sin haber cesado los rebotes de mi vertiginoso vuelo, se levantó, depositó un rápido beso en mis labios y corrió a la alcoba, quejándose de lo rápido que pasa el tiempo, del poco que disponía para prepararse la maleta e ir al aeropuerto.

El avión aguardaba, recién llegado. El mismo jet que antaño me trajo de París. Antes de separarnos en la puerta de embarque, ultimamos detalles para nuestro próximo encuentro.

Y así fue.

Capítulo 4.

En el mes siguiente, mi vida dio un vuelco. Todos aquellos con quienes mantenía trato diario, sin excepción, familia, amigos, compañeros de trabajo, lo notaron. Una actitud melancólica teñía mis gestos y miradas. Por supuesto, guardé el secreto, incluso la parte pública. Si decidían usar mi imagen y la de Anne-Laure Goddard para una campaña de publicidad, entonces ya daría explicaciones. Hasta entonces, decidí guardar ese evento, regustarlo en la intimidad más absoluta. Tampoco tenía ganas de dar explicaciones, bajo sospecha de destripar el encanto del recuerdo. Para no preocupar a la familia, me esforcé en ser el mismo ante ellos. Disminuyó bastante el trato familiar, pero no como para que insistieran en que visitara al médico. Y en el trabajo, la rutina laboral se fue imponiendo.


Los amigos fueron quienes más acusaron el cambio. Apenas participaba en las chanzas, me quedaba en segundo plano, me abstraía constantemente, las chicas se preocupaban y hablaban más conmigo, con cualquier pretexto me iba a casa... Un día me vieron el collar que llevaba, y no tuve ganas de explicar su procedencia. Inventé un origen más común y me lo quité. Cuando recibí por correo certificado las fotos de la cena, a la semana de haber llegado, las guardé bajo llave, junto al colgante, el frasco y la prenda íntima. Al principio las miraba de vez en cuando, y rendía honores al torbellino de recuerdos. Después ya ni las miraba, tan grabado lo tenía. Tapicé literalmente las paredes de mi habitación de fotos de Anne-Laure, para desesperación de mi madre; me grabé en vídeo los pocos anuncios en que ella participaba, aunque fuera un solo segundo. Pero todo ello pronto dejó de tener efecto, y volví a la normalidad externa, no así la interna.

Un día, andando por la calle, un número oculto me llamó al teléfono móvil:

-¿Sí, dígame?

-¿Víctor Gregorio Torcal? -preguntó una voz desconocida de hombre.

-Sí, soy yo.

-Buenos días, Víctor. Te llamo de parte de Embaltasa.

-¿De quién?

-De Embaltasa, una cadena de talleres de automóvil... La fundación San Jorge nos ha proporcionado tu número de teléfono, porque buscas trabajo, ¿no es así?

-Eh... no, bueno, sí, ahora mismo estoy trabajando...

-Ah, bueno, pues entonces...

-Pero no descarto nada para mejorar. ¿Quiere que vaya a alguna entrevista? Estoy libre a partir de las seis y media de la tarde.

-A esa hora, imposible... ¿Te viene bien este sábado por la mañana?

-¿Sábado por la mañana...? Bien, vale, de acuerdo... ¿Dónde y a qué hora?

-A las diez en punto en el hotel Ebro. Ve al Salón París y pregunta por señor Muñoz.

-Sábado a las once... Hotel Ebro... Salón París... Sr. Muñoz... -anoté en un papel. -Vale, de acuerdo. allí estaré. Muchas gracias, adiós.

El sábado, recién duchado y afeitado, portando una carpeta con mi currículum vitae, fui al prestigioso hotel. En recepción me indicaron el salón París y allá me acerqué.

Me detuve ante la puerta. Miré el reloj. Era puntual. Me ajusté la corbata, moví los hombros para recolocarme la camisa y la americana, y llamé con suavidad.

-Adelante -dijo una voz masculina.

Abrí la puerta. Dicho salón no era más que un recinto delimitado por una estructura de aluminio, con planchas metálicas plastificadas en madera y placas de cristal rugoso que daban al pasillo. Una mesa de oficina, tres sillas y un cenicero constituía todo el mobiliario. Detrás de la mesa, se sentaba un hombre barbudo y moreno, con gafas, que sostenía unos papeles en la mano. Sobre la mesa, un maletín rígido abierto forrado en cuero. Otro hombre, alto, delgado, rubio y con cara chupada aguardaba de pie a su lado, con los brazos cruzados y apoyado con cierta indolencia contra la pared del fondo, la única de obra. No sabía porqué, aquellos hombres no me inspiraron simpatía.

-Buenos días... ¿Señor Muñoz?

El que estaba sentado levantó la vista de los papeles y me miró por encima de las gafas. Tardó más de la cuenta en contestar, distraído. Se levantó y me tendió la mano. Al estrechársela, no pude evitar una desagradable sensación de fría humedad.

-Soy yo. Aquí el señor Muheligg -dijo, girándose hacia el hombre rubio. Nos estrechamos las manos. El hombre moreno me invitó a sentarme, y se sentó a su vez. El rubio volvió a su postura indolente de brazos cruzados.

-Bien...-dijo Muñoz, cogiendo unos papeles. Reconocí un currículum viejo mío. -Víctor Gregorio Torcal, veintisiete años, nacido en Zaragoza, carné de conducir... ¿tienes coche?

-No.

-No... Vives en la plaza de Santiago, número diez, piso cuarto A... ¿es tu piso o vives con tus padres?

-Vivo con mis padres.

-Mmm... Formación profesional del metal, especialidad mecánica de automóvil... Cursillo de mantenimiento mecánico... Experiencia de tres meses de prácicas en talleres Josún... Seis meses como matricero en Hierros Lucas... Dos años de peón mecánico en Grupo Electrogensa... Estás trabajando ahora, ¿no? -afirmé con la cabeza -¿Dónde?

-En Malzasa, Matrices de Aluminio de Zaragoza.

-Ya... Y ¿quieres cambiar de trabajo?

-No estoy mal ahí, señor. Pero si lo que me ofrecen ustedes es mejor...

-Tal vez…

El hombre moreno se reclinó en el respaldo y balanceó la silla de un lado a otro. Apoyó los codos en los reposabrazos y juntó las yemas de los dedos. Entrecerró los ojos, estudiándome largo rato. La cara, la chaqueta, las manos… Se tomó su tiempo. Volvió despacio la cabeza hacia su compañero, quien asintió levemente.

-¿Puedes ponerte en pie, por favor?

Disimulé un gesto de extrañeza y obedecí.

-Anda de aquí para allá y da media vuelta…

Ante mi asombro, se explicó:

-El trabajo que ofrecemos requiere alguien que esté en buena forma, y dé buena imagen ante el cliente.

Obedecí de nuevo. Me hicieron dar varias vueltas, algunos movimientos, e incluso me dieron un texto y me lo hicieron recitar en voz alta. Parecieron estar conformes y me invitaron a sentarme de nuevo.

-Idiomas…un poco de inglés… Do you speak english?

-Yes, I do. But my english is very bad and… eh… poor.

-We need somebody capable of speak fluid english. Do you want a learn to speak fluid english?

-Aquí ya me pierdo –alcé las manos en gesto resignado. –Lo siento. No he entendido nada.

-Necesitamos a alguien capaz de hablar inglés de forma fluida. ¿Estarías dispuesto a aprender, ir a una academia, hacer prácticas…?

-No me importaría… Pero no por mi cuenta.

-Vale… ¿Cuáles son tus pretensiones?

-Pues... -me encogí de hombros -estar fijo, cobrar un sueldo superior al actual, estar en una empresa sólida y de prestigio, posibilidad de promoción...

-Todo eso es muy interesante, pero queremos saber más.

Me extrañé, pero no dejé que a mi cara tradujera ninguna duda. Pensé un momento.

-Siempre me han gustado los motores y los coches... Me gustaría trabajar en un taller de un concesionario de marca de prestigio internacional, coches de gama alta, para entendernos... Disponer de herramientas en perfectas condiciones, de la última tecnología en mantenimiento de motores... Aprender a...

-No, perdona, no me refiero a eso, sino a tus planes personales de futuro.

No disimulé mi sorpresa, alzando las cejas. Resistí el impulso de preguntar para qué querían saber eso.

-Pues... Supongo que lo que todo el mundo de mi edad... Comprar un piso, encontrar una novia, casarme, independizarme...

-Para eso hace falta dinero... ¿Y un coche? ¿no te vas a comprar un coche? Te gustan los coches, ¿no? Un Volkswagen, o un BMW, o un Mercedes...

-Eh... sí, claro...

-¿Y viajar? ¿un viaje al extranjero? Cuanto más lejos, mejor. Un crucero de lujo por el Mediterráneo, incluso un viaje alrededor del mundo...

Afirmé mecánicamente con la cabeza. ¿Adónde diablos quería llegar? me pregunté.

-¿Y presenciar los Grand Prix de Fórmula Uno? Mónaco, Nápoles, Munich... Todo eso te gustaría, ¿no?

Afirmé por reflejo antes de tomar cuenta de lo que decía. Abrí la boca para pedir aclaraciones de forma tajante, pero el hombre moreno sonrió.

-Bien, pues entonces eres nuestro candidato perfecto.

No acerté a reaccionar. Dudaba de lo que estaba oyendo, cuando sacó un sobre grande del maletín y me lo lanzó al pecho. Lo cogí casi al vuelo.

-¿Qué es esto?

-Es la oportunidad de tu vida -dijo, mientras encendía un cigarrillo.

-¿La oportunidad de mi...? -guturé con voz monocorde, sacando el contenido.

Eran fotos en blanco y negro. Las reconocí... y mi corazón dio tres bandazos y quiso saltar por la boca. Mis ojos se desorbitaron. Fotos de Anne-Laure Goddard y yo abrazados, bailando en su ático, tomadas a través del mirador del salón. Distinguí la gran mesa en primer plano. Algunas con ella vestida con la bata negra, y las siguientes mostraban cómo se desnudaba en mis brazos. Estaban tomadas desde un sitio un poco más alto y a la derecha. Continuando la secuencia, busqué la entrada al dormitorio, temiéndome lo peor, pero salvo un par de fotos donde se divisaban nuestros pies a través del gran ventano del dormitorio, ahí terminaba todo. La inclinación del punto de vista no dejaba apenas ver el recinto. Pero no cabía lugar a dudas.

-Parece ser que la tan cacareada seguridad de madeimoselle Anne-Laure tenía algunos... fallos -dijo el hombre moreno con voz sarcástica. -Lo que más nos extraña es que después de esto no aparezcas por ninguna parte, pero estamos aquí para arreglar eso.

Cerré los ojos con fuerza, intentando contener las emociones. Estuve un buen rato así. Al final los abrí, dejé las fotos sobre la mesa y me recliné contra la silla.

-¿Qué es lo que queréis, exactamente?

-Como te he dicho, estás ante la oportunidad de tu vida. Esas fotos no dejan lugar a dudas: Víctor Gregorio Torcal, el amante de la hermosa, inaccesible y difícil Anne-Laure Goddard. Publicaremos esas fotos y saltarás a la fama, saldrás en las revistas y en los periódicos, miles de personas de todo el mundo visitarán tu web en Internet, te entrevistarán, te solicitarán en los sitios de moda, en programas de máxima audiencia, ganarás mucho, mucho dinero... Podrás comprar tu piso en la zona más cara de la ciudad, tener un apartamento en la playa o en la montaña, comprar un buen coche, tener contactos en el mundo del espectáculo del corazón, trabajar en la televisión... Todo esto, si te lo sabes montar bien.

Escuchaba cabizbajo, apoyando mi barbilla en las manos. Cerré los ojos. El otro continuó, imparable:

-Viajarás a Londres, Nueva York, París, Berlín... En todos sitios se te abrirán las puertas de la fama. Discotecas, restaurantes, fiestas del más alto nivel... El joven que ha conseguido conquistar el corazón de una de las mujeres más hermosas y misteriosas del mundo no es un cualquiera, no señor, y debe recibir el trato que se merece... Te codearás con estrellas de cine y de la pasarela, diseñadores de moda, empresarios y banqueros de multinacionales...

-Pare el carro, por favor -interrumpí con frialdad. -Todavía no sé qué es lo que quieren que haga para que me pase todo eso. ¿Qué debo hacer? Y ante todo ¿quiénes son ustedes, en realidad?

El rubio dio un paso adelante y apoyó sus manos en la mesa.

-Somos fotógrafos freelance, señor Gregorio. Nos dedicamos a fotografiar figuras públicas en ambientes privados, cuanto más privado, mejor, y luego vendemos las fotos al mejor postor. Llevábamos tiempo espiando el ático de París en el que madeimoselle Anne-Laure recibe sus... visitas, y usted es el primero que fotografiamos. Sabíamos lo de la cena en el restaurant Le Fouquet, así que nos apostamos en el piso de observación aquella noche con un equipo especial, para que se les reconocieran bien, a ustedes dos. No nos ha costado mucho averiguar tu identidad, pese al secreto con que se ha llevado todo. Estamos al tanto del cambio de taxi en aquel callejón, desde el restaurante al aeropuerto. En el piso, hemos sacado instantáneas desde tu entrada hasta vuestro paso al dormitorio... Lástima que desde el puesto de observación no se vea el dormitorio, pero en fin... Contamos con tu ayuda para solventar ese punto.

-¿Mi ayuda...?

-Sí. Haremos un montaje fotográfico en el que tú te acostarás con una mujer que no es Anne-Laure, pero que se le parecerá mucho, y retocaremos las fotos para que lo sea... Estas fotos valdrán millones, te lo aseguramos. Anne-Laure no podrá decir nada, no podrá negar nada, porque tenemos fotos de ella saliendo del restaurante y entrando en ese edificio. Y tú serás testigo y contarás todo con pelos y señales. Te llevarás tu parte. Serás rico y famoso, y podrás cumplir todos tus sueños. Si nos quieres aceptar como agentes, haremos de tí alguien que pasará a ser un pilar básico en el mundo del corazón internacional. Y cuando se agote este filón, será muy fácil buscarte otros. Eres joven, desenvuelto, no mal parecido, y con maquillaje, pulir maneras, algunos cambios de estilo y apariencia y unas cuantas horas de gimnasio, lo conseguiremos... Se te presenta una carrera única como actor, como modelo, como comentarista, presentador... lo que desees. ¿Qué te parece?

-Pues... me parece increíble. Sencillamente increíble.

Ambos se miraron entre sí, con sonrisa condescendiente.

-Increíble, ¿eh? Bueno, tal vez te suene increíble, pero lo puedes hacer realidad sólo con firmar ahí. Y para ayudarte en la decisión... -el hombre moreno sacó un talonario de cheques del maletín. Firmó uno y lo arrancó, poniéndolo delante de mis narices. -¿qué tal un anticipo de... cinco mil euros, para empezar?

Entrecerré los ojos, pensativo. Cuando alargué la mano para coger el documento y contemplarlo más de cerca, el otro lo retiró con provocación.

-Antes tendrás que firmar estos documentos.

Sacó unos formularios, poniéndolos en la mesa. Leí uno. Estaba en inglés.

-¿Qué son?

-Ese que tienes en la mano es la cesión de la gestión de tus derechos de imagen a nuestro nombre. Este otro es un precontrato de exclusividad. Más adelante, cuando hayamos decidido entre todos los pormenores del acuerdo, firmarás el contrato definitivo, del tamaño de un libro, o casi, donde se detallarán los estatutos, las condiciones y obligaciones en las que trabajarás, los requisitos legales que determinan nuestra relación, renuncias y derechos, el porcentaje de las ganancias, el plazo de...

-Están en inglés, y yo no sé apenas leerlo.

-Es para depositarlo en la oficina de Londres... Los enviaremos a nuestra gestoría, quien se encargará de todos los papeles...

-Sí, bueno, pero yo sigo sin entenderlo...

-Tú firma ahí y todo lo que te hemos dicho se cumplirá... con tiempo, claro. -Ante mis dudas, se miraron entre sí. -Estamos en el mismo bando, tenemos los mismos intereses, debemos apoyarnos mutuamente... ¿por qué íbamos a engañarte? No vamos a sobreexplotarte, ni nada parecido. Sería como matar la gallina de los huevos de oro. Eso sí, tendrás que trabajar duro, mucho y bien al principio, pero compensará. Vaya si compensará. Ir al gimnasio, aprender idiomas, clases de estilo social, quizás alguna operación de cirugía estética.... Pero, mira, si lo que quieres es tenerlo todo claro, en cuatro días te enviaremos una copia legal traducida al español. Ahora, no sé yo si aún así lo entenderás, a menos que se lo lleves a un abogado que te lo explique... Si eso es lo que quieres, ningún problema por nuestra parte.

No respondí. Pasé los ojos por las líneas. Las letras parecían bailar en el papel.

-Vamos... Firma ahí, hijo, y no te arrepentirás... ¿qué dudas tienes? Estamos aquí para resolvértelas. A propósito, aquí te dejamos nuestras tarjetas.

Las recogí en silencio. En ellas aparecían sendos nombres completos, la misma dirección de un gabinete en Londres, un número de teléfono fijo, dos números de teléfonos móviles, una dirección e-mail y un número de P.O.-box. Me las guardé en el bolsillo. Seguía sin abrir la boca.

-¿Y bien? ¿qué dudas tienes?

-Han pasado casi dos meses de aquello... ¿me están diciendo que en dos meses no han pasado otros hombres por su casa y que yo soy el único que...?

-Madeimoselle Anne-Laure no pernocta sólo en París. Tiene otras propiedades en otras ciudades que oculta muy bien...

-Además de un avión privado... -traté de apostillar.

-No, no tiene ningún avión. El que usaste tú para volver a Zaragoza era alquilado. Es algo habitual entre las figuras famosas que desean pasar discretamente. Hay empresas de alquiler de transporte aéreo particular especializadas en eso. Si lo tuviera, caería muy fácilmente en nuestras manos. Bastaría con seguirlo. Un avión no es algo que se pueda ocultar como un coche... Anne-Laure siempre se hospeda en los mejores hoteles, y es muy difícil pillarla en esta... situación tan especial. Se mueve mucho por todo el mundo, y no podemos estar constantemente detrás de ella. Y dos meses es el tiempo que nos ha costado encontrarte e informarnos sobre tí, ver si cumples... ciertos requisitos para animarte a dar este paso.

-Ya... ¿qué pasará con Anne-Laure Goddard? Esto puede arruinar su carrera.

-Oh, no será para tanto. Será parte del negocio. Modificará su actitud ante nosotros. Lo tenemos todo preparado: página web exclusiva, con sus espacios publicitarios, maquetación para los diferentes periódicos de gran tirada, sugerencias de texto y redacción, comentarios de editoriales... Los titulares: “Anne-Laure Goddard tiene un amante secreto”, “Anne-Laure Goddard, pillada en acción”, “Anne-Laure Goddard, amante a la luna de París”, “Anne-Laure Goddard debería renovar su famoso equipo de seguridad”... Pero a tí no te afectará. Ella hizo su elección para divertirse, y aceptará las consecuencias. Esto le beneficiará tanto como a tí, porque saltará a la escena del momento y renovará su caché y su imagen... ¿Crees que algo así le pillará de improviso? No, señor. Saldrá ganando, así es como funciona esto. Al principio dará guerra, pero como es una figura pública, vive de su imagen, y tú has dado tu consentimiento para que se publiquen esas fotos, ganaremos todos los pleitos que nos plantee. Hay precedentes judiciales.

-¿Y por qué necesitáis mi consentimiento? ¿por qué no las publicáis directamente?

-En primer lugar, preferimos tener cubiertas las espaldas ante cualquier triquiñuela legal. Tenemos experiencia en este tipo de cosas. Si hiciéramos lo que tú dices, los abogados de Anne-Laure pueden apoyarse en tí como figura no pública, y ganar las demandas. Y en previsión de probables cambios de opinión, te damos este adelanto -mostró el cheque. -En segundo lugar, queremos ser nosotros tus agentes exclusivos, antes de que alguien se nos adelante. Tenemos experiencia en este sentido, también.

-Agentes y fotógrafos -remató el rubio.

-Eso. Así habrá más a repartir, al principio, claro. Luego subcontrataremos agencias de fotografía e imagen, cuando hayamos avanzado bastante y sepamos a qué atenernos... Bien, ¿qué dices, hijo? ¿qué te parece?

-Pues me sigue pareciendo increíble. Me enseñan unas fotografías comprometedoras, me llenan la cabeza de pájaros y pretenden que firme unos documentos de los que no entiendo nada de lo que pone.

-¿Y esto sí que lo entiendes? -dijo el moreno, enarbolando el cheque delante de mis narices.

-Está bien -me decidí. -¿Tenéis un bolígrafo?

-Aquí tienes -me pasaron uno. -Firma aquí, aquí y aquí...

Una alegría malsana irradiaba sus caras. Escribí en todos los documentos que me indicaban y me recliné hacia atrás en mi asiento. El rubio los recogía y miraba conforme firmaba. Nada más recoger el último, preguntó con cara de alelado.

-¿Es esta tu firma...? ¿qué pone aquí?

Muñoz se los arrebató y leyó la “firma”.

-Pone “Mierda para los buitres”, por si no lo entendéis -dije yo con voz fría.

Ellos se miraron entre sí y después se encararon conmigo con los ojos entrecerrados

-Al parecer tenemos aquí a un “listo”... Bien ¿cuál es tu precio? ¿tienes pensadas algunas condiciones especiales a prefijar, discutir ya los márgenes y... ?

-No.

El moreno entrecerró los ojos.

-Podemos darte un adelanto de diez mil euros.

-No.

-Veinte mil.

-No.

-Cincuenta mil. Es nuestra última oferta.

-No.

-Muy bien, di tú la cifra.

-No quiero dinero.

-Entonces, ¿qué es lo que quieres?

-Quiero... -rebusqué en la mesa y levanté las fotografías - ...estas fotos, todas las copias que tengan y los negativos, o los originales, o los discos donde las tengáis.

-Pero... -el rubio dudó -si te las llevas, ¿qué material publicamos? ¿o conoces a otros agentes...?

El otro le pegó un codazo.

-Shut up, stupid -masculló por lo bajo. Se encaró conmigo. -¿Es ésa tu respuesta?

-Sí.

-Todo un idealista, sí señor. Respeto y admiro a los idealistas, de verdad. Sobre ellos descansa todo el peso del mundo. Pero como todos los idealistas, careces de miras reales. No te das cuenta de lo que estás haciendo. Rechazas una oportunidad única, de la que te arrepentirás mil veces en el futuro. Cuando estés aguantando las broncas de tu jefe, cuando firmes una hipoteca para comprar un miserable piso, cuando tu novia tenga la regla y tú quieras desahogarte... Piénsalo. Aún estás a tiempo, pues cuando Anne-Laure lleve a otro amante a su ático, éste aprovechará la oportunidad que tú rechazas ahora tan estúpidamente. Mucha gente pagaría por estar donde tú estás ahora... ¿qué digo, pagaría? ¡Mataría por esto! ¿Quieres más dinero? Siempre podemos negociar... Si quieres pensártelo y venir otro día con un abogado, bien, no es problema para nosotros. Pero no tardes mucho. A lo más uno o dos días. Cuanto más pronto mejor. Para entonces ya tendremos las copias redactadas en español, prometido.

-No.

Ambos hicieron gestos de impaciencia e incredulidad.

-Pero bueno, vamos a ver, ¿por qué no quieres ser famoso? ¡es el negocio del momento! Televisión, periódicos y revistas, internet... ¡Todos quieren ser famosos…! ¿es por Anne-Laure? ¿temes traicionarla? ¿estás enamorado de ella? -Bajé la cara para ocultar un incipiente rubor; el otro soltó una seca carcajada -¿Así que es eso? Te has enamorado de ella. Vamos, hijo, vamos, es normal. Anne-Laure es una mujer singular, así que no resulta raro enamoriscarse de ella. Muchos lo han hecho. Pero te estás equivocando... ¿Crees que ella se acuerda de tí, a estas alturas? ¿un pobre e inexperto joven que no tiene dónde caerse muerto? Tienes que ser realista, hijo. Ella ha tenido muchos amantes antes de tí, y los ha tenido después. Y muchos de ellos mejores que tú. Y es natural, puesto que ella se mueve en las más altas esferas. Tiene lo mejor de lo mejor a su disposición. Mientras que tú... No tenéis nada en común. Vamos, reconócelo. Estás en puerto olvidado y perdido, como mucha, mucha gente. Ahora bien, si te pones bajo nuestra gestión, navegarás viento en popa y conocerás a cientos de mujeres igual de hermosas que ella, más accesibles y complacientes, y te olvidarás de Anne-Laure...

Sentí cómo iban comiendo terreno. La tentación era demasiado fuerte, así que me lancé como un bisonte contra sus sibilinos argumentos. Me erguí en la silla y con mirada altanera y voz firme y clara, les hice frente.

-No voy a firmar esos papeles. Puede que tengan razón en lo de los amantes y en todo lo demás. No tendrán ningún problema en pillar a otro idiota que les venda la exclusiva. Quizás acabéis arruinando la carrera y la vida de esa dama, pero no será por mi mano. Es más, ahora que tengo vuestras referencias -toqué el bolsillo donde guardaba sus tarjetas -voy a hacer todo lo posible para ponerme en contacto con madeimoselle Anne-Laure y avisarla de que su ático está siendo vigilado. No sólo esto, sino que voy a colaborar con ella en todo lo que me pida para que os persiga y dejéis de acosarla, malditos paparazzi buitres comecarroñas. Ojalá acabéis en la cárcel. Anne-Laure tenía razón en sus medidas de seguridad... ¡y pensar que a mí me parecían exageradas! Pero ya veo que no es así. Imagino que los negativos de esas fotos y las copias que hayáis podido sacar estarán a buen recaudo, lejos de aquí. Pues bien, os conviene que sigan así. Como vea una sola de esas fotografías en manos ajenas, ya os podéis ir preparando para la que os va a caer encima. Una sola palabra en cualquier papel público sobre esto, un rumor en Internet, y os juro que voy a la policía a denunciaros. Y detrás de mí, no sólo tendré a la cuadrilla de abogados de Anne-Laure, sino también los de Aque-Indal, pues no les haría gracia que su iniciativa haya sido empañada por unos miserables como vosotros. Y entonces veremos si las “esferas” altas y bajas coinciden.

Me levanté con intención de irme. Ambos parecían asombrados.

-No sabes lo que te estás perdiendo... -intentó retenerme el rubio.

-Prefiero no saberlo. Estaré perdiendo millones, pero sería dinero sucio, envuelto en mierda. Puede que ésta sea la tónica general entre la gente, capaz de vender a su madre por un minuto de gloria, pero todavía hay quienes creemos en la honestidad y la lealtad. Madeimoselle Anne-Laure se comportó conmigo como una auténtica señora, me enseñó algo muy importante, me dio algo que no comprará todo el dinero del mundo, y me lo dio porque le caí bien. ¿Podéis vosotros decir lo mismo? Por mucho dinero que tengáis no conseguiréis en toda vuestra asquerosa vida una mujer como ella. Puede que no la vea nunca más, pero eso lo sabía desde el principio, y lo he asumido. También perdería la autoestima. ¿Con qué cara me miraría todos los días en el espejo, si traiciono de la forma más miserable la confianza íntima que una mujer tan maravillosa depositó en mí? Iros a la mierda los dos... ¡ah, no, qué va, si ya estáis nadando en ella desde que nacisteis! Bueno, pues iros al infierno los dos.

Di media vuelta y me encaminé a la puerta con grandes zancadas.

-¡Espera...!

-No espero nada, bastardos. No quiero escucharos más. Me voy. Ya está todo dicho y no hay más que hablar. Y dar gracias a que no avise a la policía ahora mismo, porque si no, el asunto saldría a la luz, y eso es lo que quiero evitar.

Puse la mano en el pomo de la puerta, y antes de girarlo, el moreno dijo con voz sorprendentemente átona:

-Madeimoselle Anne-Laure te espera en la habitación cuatrocientos dos.

-¿Qué...? -me volví, creyendo oír mal.

Ambos recogían precipitadamente los papeles. Y me llamó la atención un pequeño aparato que el rubio estaba metiendo en el maletín, una especie de cámara de vídeo con micrófono que hasta entonces había estado oculto en una repisa de la pared del fondo. Sus gestos revelaban gran frustración y fastidio.

-Habitación cuatrocientos dos.

Permanecí en mi sitio, inmóvil por la sorpresa más completa, mientras ellos cerraban el maletín y salían apresuradamente. Ni siquiera volví la cabeza al desaparecer ambos por el hueco de la puerta.

Tardé bastante en reaccionar. Di media vuelta despacio, salí del pasillo y me encaminé hacia el ascensor con pasos inseguros y por puro reflejo, tropezando con la gente y con las paredes.

Bajé en la planta cuarta. Sólo habían dos puertas en aquel pasillo. Me dirigí hacia la segunda y llamé con cautela. Estaba abierta, con el interior a oscuras. El interior era elegante y espacioso, dividido en varias estancias. Debía ser la suite. Las persianas estaban echadas, dejando pasar escasas rendijas del fuerte sol exterior. Entré y cerré la puerta.

-¿A... Anne-Laure...? -repliqué, después de toser con fuerza.

-Aquí estoy -sonó desde un rincón oscuro aquella voz que jamás hubiera creído volver a oír.

Un leve roce de sedas acompasado con unos pies sobre la alfombra surgió de allí. Entrecerré los ojos.

-El botón de la luz está a tus espaldas, cariño. ¿Puedes encender?

Obedecí, con la mano presa del más incontrolado nerviosismo. En efecto, era Anne-Laure Goddard, resplandeciente, portentosa. Una bata gris perla que le llegaba a los tobillos, entreabierta, dejaba ver un body holgado, muy escotado, de seda color blanco marfil. Los gráciles movimientos dejaban entrever las largas y magníficas piernas que aquella inolvidable noche no me cansaba de mirar, acariciar y besar. La cascada de oscuros tonos dorados de su cabeza caía libre sobre sus hombros, enmarcando aquel rostro tan perfecto y expresivo, encajando al instante en el molde mnemónico que saqué hace dos meses y al que todas las noches y varias veces al día acudía a bañarme ante su luz y su belleza. Se detuvo a un paso. El olor de su piel exquisitamente perfumada me rodeó. Me costaba respirar.

-Anne-Laure... ¿qué haces aquí...? -acerté a decir, después de mirarla bien.

-He venido a verte.

-¿Verme...? Pero... creía que no nos veríamos nunca más...

-Sinceramente, yo también creía. Tras la noche de nuestro encuentro, cuando me levanté al día siguiente, de madrugada, y te vi durmiendo como un bendito en la cama, sentí mucho no seguir disfrutar tanto como tú has disfrutado conmigo. Sentí también no despedir, pero tenía prisa, debía estar en Londres a tres horas más tarde. No me gustan las despedidas. Durante el viaje, recordé tu compañía, tu voz, tus metáforas tan bonitas, tu cuerpo, tus manos... Bueno, lamenté mucho perderte, pero la vida sigue. Al cabo de un mes, todavía te recordaba. Más importante, quería estar contigo. Así que hice un hueco en mi tiempo libre... y de paso, dejarlo reposar un poco, para estar segura. Pero cuanto más tiempo pasaba, más nerviosa y querer estar contigo estaba. Quería también darte una sorpresa.

-Pues lo has conseguido. Vaya sorpresa... No me lo esperaba, la verdad. De hecho... todavía no me lo creo...

Pasé el dorso de los dedos por su mejilla. Ella acentuó la caricia, atrapando la mano y frotándose con ella. Aspiré despacio el selecto aroma que me llegaba.

-Pues ya ves... -sonrió. -Te dije que repetiríamos...

Buceamos mutuamente en nuestros ojos. Pero yo tenía más por ganar. Y quise degustarlo bien. Retrocedí un poco y la miré de arriba abajo, disfrutando de la vista y dejando que las emociones me embargaran.

-Deja que te vea... Estás preciosa.

Ella alzó los brazos en gracioso gesto y dio una vuelta sobre sí misma, como un paso de baile. Los faldones de la bata volaron y dejaron entrever la maravilla de mis sueños. Decidí reanudar la conversación para distraer la atención que amenazaba con paralizarme.

-¿Quiénes eran esos dos de abajo? ¿a qué venía esa comedia de las fotos...?

-Son parte de mi equipo de seguridad. Debían tentarte para ver si cedías. Cobran una prima si te hacen caer. Las fotos las tomaron desde uno de los pisos de enfrente, que también son de mi propiedad. Quería someterte a prueba, ver si podía confiar en tí.

-Pues vaya... ¿y qué hubiera pasado si llego a firmar esos papeles...?

-Nada. Ellos ganarían y tú irías a tu casa con un cheque inútil. Me habría sentido muy decepcionada, y no sabes cuánta alegría tengo ahora. Lo he visto y oído todo por ahí -señaló con la cabeza una pequeña televisión encima de una mesita. -Todo. Has estado fantástico. Estoy muy orgullosa de tí. Sabía que no me equivocaba contigo.

-Pues me salió sin pensar... Eso sí, ya me imagino el papelón si hubiera ido al banco a cobrarlo... Hubiera ido a la cárcel, ¿sabes?

-Oh, no habría sido para tanto... Y si así fuera, sólo hubieras estado unas horas. Y te lo mereces por romper la confianza que he puesto en tí...

-Sí, de eso no hay duda... Ahora que me doy cuenta... hablas mejor el castellano que la última vez...

-Sí ¿verdad? Tú hablas muy bien... He estado practicando continuamente con mis cinco amigas. Fallaba en los tiempos verbales y en el argot. Me alegro de que lo notes.

-¿Lo sabe ya la señorita Denise Paul?

-No, aún no.

-Creo que deberías decírselo… Habla muy bien el español, estuvo muchos años en una ciudad donde son muy castizos hablando…

-¿”Castizos”?

-Eh… Puros, con el acento adecuado que se entiende en todo el mundo hispano. Aquí en Zaragoza, por ejemplo, es una región cuyo acento es difícil de entender, y no digamos catalanes, andaluces, gallegos y extremeños…

-Aquí no he notado nada…

-Hala pues, maña. ¿Quí tal l’a ío el viaje? Quí’stamos ‘n la siudá, ande paicen que hablen tós así d’estiraus. Vengusté p’al pueblo, qui l’voy a’nseñá yo c’n mucho gusto cúmo‘blamos tós allí

No reprimí la risa ante su expresión de susto y asombro. Y aún arrecié más al imaginar el contraste: una elegante y hermosa figura internacional, con su castellano sencillo, pausado y casi neutro, expuesta en la intimidad al fuerte acento maño, campechano, rapidísimo y con voz rotunda.

-Que aquí estamos en la ciudad, donde parece que hablan todos así de estirados. Que venga usted al pueblo, que le voy a enseñar con mucho gusto cómo hablamos todos allí.

Y seguí riéndome, ante su sonrisa resignada. Al cabo de un rato, pude retomar la conversación.

-Bueno, pues… pues eso. Denise habla muy bien el castellano.

-Denise me decir que tú también hablas muy bien, que en ningún momento se sentir… fuera de tono, lejos de tí, desconectar…

-¿Ambos en sintonía? –ella dudó. –Bueno, no importa, te entiendo. Le devuelves el cumplido y le dices que ella habla incluso mejor que yo.

-Se lo diré –su sonrisa se volvió suave y persistente, con un brillo envolvente en los ojos. –Y también le confesaré mi dominio del español. Es muy buena persona.

-Imagino que le dirás que lo estarás aprendiendo en ese momento, ¿no? Lo digo para que no se moleste al saber tus… bromas.

-No, le diré la verdad. Conozco bien a Denise, y sé que ella aceptar con alegría. Así hablaremos ambas en español sin reservas.

Guardé mis objeciones, prometiéndome en mi fuero interno el preguntar por ella en un futuro.

-Como quieras. A propósito, simplemente por curiosidad... ¿sometes a todos tus amantes a este tipo de pruebas...?

-Sólo a aquellos que merecen la pena.

-¿Y yo te merezco la pena? -pregunté, acentuando la sonrisa.

Por toda respuesta, se acercó, puso sus brazos sobre mis hombros y me besó. Respondí y abarqué su talle de avispa.

La pendiente por la que me estaba deslizando se iba haciendo más y más vertical. Pero mi cuerpo no reaccionaba, y mi corazón no se lo creía. En el descenso busqué cualquier asidero al que agarrarme para aminorar la velocidad, antes de caer en la sólida y dulce niebla que cubría el fondo.

-Anne-Laure... -murmuré entre beso y beso.

-¿Mmmm? -Pellizcaba con sus labios el lóbulo de mi oreja, bajando hacia el cuello.

-¿Cómo han sabido esos dos cómo contactar conmigo? ¿cómo han sabido mi número de móvil y mi currículum...?

-Lo saqué todo del dossier... -dijo ella con un susurro.

-¿El dossier...? ¿qué dossier?

Echó la cabeza atrás y me miró a los ojos, confundida. Se mordió el labio inferior.

-¿Tienes un dossier sobre mí...? ¿Has... has hecho que un detective privado investigue mi vida?

Por toda respuesta, dejó caer los brazos.

-Contéstame, por favor.

Afirmó con la cabeza. No me lo podía creer. Era un golpe demasiado bajo y directo. Me separé de ella, di media vuelta y puse los brazos en jarras, cabizbajo. A toda presión, intenté ordenar mis pensamientos, durante unos instantes que parecieron eternos.

-Esto ya es el colmo. Y lo has soltado así, sin darte cuenta, como si fuera algo normal... ¿Cuándo?

-¿Cuándo qué...? -su voz se había reducido a un murmullo ahogado.

-¿Cuándo ordenaste esa investigación sobre mí? ¿cuándo obtuviste ese dossier?

-No... no recordar...

-¿Cuándo? -exigí con voz tensa.

-Hace... dos meses y medio...

-Es decir, antes de nuestro primer encuentro... ¡Estúpido de mí! Y yo creí...

-Víctor, por favor... Es por seguridad... -ella se acercó y pasó despacio sus manos por debajo de mis hombros, acariciándome el pecho. Yo no sentía nada, ensimismado en aquella vorágine espinosa. Me zafé con brusquedad de su abrazo.

-Quita -dije con voz seca. Di dos pasos adelante y me encaré con ella. Enjarré los brazos, desafiante. -Ya sé que es por seguridad, ya. En tu mundo esto debe ser habitual, ¿verdad? Pero entonces, ¿qué ha sido de aquello que me dijiste en tu ático de París? Espera que me acuerde de las palabras... ¡Ah, sí! “Desarrollo sexto sentido que puedo ver qué tipo de gente tengo delante con la primera impresión”, o algo así, ¿no? Con tu encantador acento y todo. Claro, previamente te habrás informado de la clase de pringado que tienes delante, saber hasta el número de zapatos que calza, no sea que en ellos oculte una grabadora o una cámara fotográfica en miniatura, o peor, una bomba, o un alijo de droga. Así es muy fácil “desarrollar sexto sentido”. Eran las palabras mágicas para terminar de camelar a un imbécil soñador como yo, que confía en la gente de buenas a primeras, llenarle la cabeza de fantasías y llevártelo a la cama. Asegurándote previamente de que no sea gay, de que sea virgen, sano, bien dotado y de aspecto saludable, de que no tenga contactos que pongan en peligro tu preciosa imagen y carrera, de que sea fácilmente manipulable para, dos meses más tarde, ir en su busca y seguir camelándolo. Lo de que tenga novia o no, no te importa, porque, para lo que lo quieres, da igual. Sólo te faltaba mirarle la dentadura. ¿Fácil y sencillo, no? ¡Por supuesto! Pero no contenta con ello, lo sometes a una estúpida prueba para ver si responde a tu confianza, haciéndole quedar como víctima de un montaje, y como es lo bastante idiota como para rechazar nada menos que la fama y cincuenta mil euros, pues... ¡adelante, oye, nadie te lo impide, tienes su lealtad asegurada y te seguirá como un perro! Total, no importa cómo se sienta, no importa si ha asumido que nunca volverá a verte, fijo que se alegrará de estar junto a tí otra vez y que reaccionará al instante, lanzándose sobre tí... -me paré para recuperar el aliento.

Ella se había sentado en el sofá, la bata atada, en postura recogida, y había encendido un cigarrillo con ademanes nerviosos. Aprovechó la pausa para mirarme con los ojos húmedos, pero no le di respiro y seguí con la perorata. Volvió a mirar a la pared.

-Estarás acostumbrada a usar y tirar a los hombres, ¿verdad? ¡Claro que sí! Una de las mujeres más hermosas del mundo, que tiene que apartar a los hombres a patadas con ayuda de matones, ¿por qué se va a molestar en pensar cómo puede sentirse el otro, si le destripa de arriba abajo con una encantadora sonrisa? Debería estar agradecido de que le prestes atención, y más aún si también le prestas tu cuerpo... ¡Dios! Y pensar que debería ser al revés... Yo, el pobre desgraciado que no tiene dónde caerse muerto, debería ir en tu busca y caer rendido y suplicante a tus pies, víctima de tu indiferencia y de las palizas de tus matones. No sabes lo que me he tenido que esforzar la primera semana después de aquello en asumir que aquel encuentro no se volvería a repetir, que de tan mágico y maravilloso, pasó a convertirse en un pilar de mis sueños... sueños que, ahora que sé la verdad, ya no valen una mierda, se han venido abajo de la forma más desastrosa. Pero son sólo sueños, y los sueños ajenos no significan nada para tí, ¿no? Entras en ellos, los pisoteas y... Bah, para qué seguir, todo esto no te importa, ¿verdad? Oh, cómo te habrás reído al ver mi reacción ahí abajo, ante esos cretinos... Total, por el dossier ya sabías que me comportaría así...

El cigarrillo vibraba nervioso en su boca y en sus dedos. Las caladas se sucedían una tras otra, sin apenas control, y el humo escapaba de sus labios con fuerza. No apartaba su vista del punto indefinido de la pared.

-¿Bien? ¿no dices nada? ¿no estás acostumbrada a que nadie, y menos un amante, te plante cara de esta forma? Pues alguno debía ser el primero, guapa. Puede que estés acostumbrada a tratar con borregos que doblan la testuz ante tu más mínimo deseo, pero conmigo eso no funciona. -Me apoderé de la americana en el suelo. -Bueno, mejor me voy. No quiero seguir aquí...

-¡Víctor, por favor!

Con inesperada agilidad, saltó desde el sofá y se colocó ante la puerta.

-Por favor... no te vayas... Quiero estar contigo.

La contemplé fríamente mientras me ponía la chaqueta y me arreglaba la corbata. Su pecho subía y bajaba, convulsivo, incitante. Los inmensos ojos verdes brillaban, expresivos. Los párpados y los labios temblaban con humedad. Costaba permanecer indiferente.

-¿Para qué, si ya lo sabes todo de mí? No tenemos nada de qué hablar. Si lo que quieres es un semental, llama a uno de tus contactos, o ve a una agencia de gigolós, que por la cuenta que les trae, son muy discretos y complacientes, o mejor, haz llamar a tus matones, de uno en uno, o todos a la vez... ¿o son eunucos capados, como en los harenes de la antigua Arabia?

No se contuvo y, con las facciones contraídas, cruzó mi cara de una bofetada. Las lágrimas hicieron su aparición al fin, corriendo por sus mejillas encendidas por la rabia. No hice caso del vivo escozor y seguí aguijoneándola.

-¿Ahora te haces la ofendida? El primer ofendido aquí soy yo, y lo soy desde antes de conocerte. Típico de vosotros, los ricos. Algo que os interesa, por capricho o por interés, si no funciona una estratagema, usáis otra. Lágrimas de cocodrilo. En buena lógica, debería devolverte la atención, pero juegas con ventaja: no pego a las mujeres. Aunque esto también lo sabrás por el puñetero dossier. Y ahora, apártate.

Sorprendentemente, Anne-Laure dejó de llorar, se enjugó las lágrimas, repasó su melena con las manos, respiró hondo un par de veces y recuperó la compostura. Con voz serena y clara y mirada al frente, dijo:

-Siento mucho haber abusado de tu confianza, Víctor. Perdóname. No volverá a pasar. Por favor, quédate.

Me sentí descolocado. Un aura fulminante de seguridad y confianza emanó de toda ella. En un parpadeo, me rodeó casi de forma sólida y visible. Clavé mis ojos con pétrea fijeza en los suyos, durante largo rato, esperando una grieta en su fachada. Pero ella aguantó el tipo. Su actitud me pareció sincera. Toda una señora, no tuve más remedio que admitir. Tomé una decisión. Fruncí el ceño, mirándola duramente.

-Creo que necesitas una lección y estaré encantado de dártela. Estás acostumbrada a manipular a tu antojo a los hombres. -Silabeaba despacio, mordiendo las palabras, iracundo. -A ese tipo de mujeres, en mi tierra, es decir, el lugar donde ahora estás, se las llaman zorras. Te has comportado como una zorra. Pues bien, una zorra serás. Esta prenda tan virginal... -introduje la mano en su escote y tiré hacia abajo sin contemplaciones, rasgando la tela - ... no es la adecuada para tí.

Su cuerpo acusó el tirón, pero no varió un ápice su callada firmeza. Ni siquiera intentó taparse. Obviando la selecta riqueza íntima que mostraba, miré el reloj.

-Faltan pocos minutos para las once. Saldré por esa puerta y volveré a la una en punto. Tienes más de dos horas. Para entonces, quiero verte vestida con lo siguiente. -Enumeré con los dedos: -zapatos de tacón, medias negras de red, sujetas por un liguero, tanga negro, sujetador a juego y bata transparente. El color de los zapatos, del liguero, del sujetador y de la bata, a elegir entre rojo o negro. El liguero y el sujetador lo puedes sustituir por un corpiño de encaje con pinzas. Manda a tus matones a comprar todo eso, o ve tú personalmente de incógnito, o encárgalo al hotel. Haz que te suban también un equipo de música y consíguete la banda sonora de la película ”Abierto hasta el anochecer”. Ensaya cuantas veces necesites para que te salga un baile perfecto. Y da gracias a que no exija también la anaconda albina. Recuerda: a la una en punto vendré. Cumplirás todas mis órdenes a rajatabla, con alegría y dedicación. Y si no te gusta, vete y no vuelvas. Ahora déjame pasar.

Se apartó levemente. No abrió la boca, no varió la brillante mirada, no rebajó su desafío. La contemplé de reojo con secreta admiración. Ni siquiera se giró. Cerré la puerta y bajé por la escalera, furioso. Masajeé la dolorida mandíbula. Pegaba bien.

Salí a la calle. Sin fijarme en nada, eché a andar. Hervido de dudas, sentimientos encontrados que chocaban con fuerza entre sí, recuerdos muy queridos desprovistos de valor, impresiones anárquicas de ira, deseo, dominio y despecho. Crucé un paso de cebra en rojo y me pitaron. Decidí meterme en un bar. Pedí una cerveza y me senté en una mesa del fondo.

Intenté poner orden. Poco a poco, la calma se impuso, sólida y distendida como un glaciar de aceite, que, a medida que avanza, se derrite y lubrica roces chirriantes y rellena huecos cavernosos, resecos y crujientes. Me distraje con la prensa del día. Al terminar de leer, aún quedaba un buen rato. Con cautela y aplomo, retomé el asunto. Mi ánimo estaba extrañamente conciliador. Reflexioné, intentando sacar conclusiones, a poder ser justas y ecuánimes. No me gustaba ser objeto de vigilancia, y mucho menos un mero entretenimiento. La ira recién enterrada vibró ahí abajo; me apresuré a cambiar de registro. Por fin se me ponía a tiro una mujer, no una cualquiera, sino una excepcional, no sólo en lo físico, sino también en el carácter. Pese a moverse en otras esferas, tan diferentes y fuera de órbitas de las mías. Una mujer que antaño presenció un espontáneo alumbramiento de fantasía cruda, frágil y sincera, casi visceral. Empleando artes engañosas. Otra vez la ira gruñó en sueños. Sacudí la cabeza. Ella valoró y disfrutó de mi fantasía, correspondiendo en el mismo orden, pese a volver a emplear el engaño. Otra vez un runruneo de rabia. Si había venido a mí otra vez de tan lejos, eso quería decir algo. Se encontraba a gusto con mi cuerpo y mi tosca y pretenciosa chispa poética. Y quería disfrutar conmigo otra vez. Todo esto, sin perder de vista cómo se encontraría ahora mismo: furiosa, herida, despechada... Pero esto último se lo merecía. Una vez más, admiré su postrer control ante la adversidad, digna de una reina, y su pragmatismo. Estaría acostumbrada por su trabajo.

Tampoco olvidé la realidad. Ella se iría y podría no volver nunca más. Ahora que estaba en mi terreno, había tenido la oportunidad de seducirla más aún, pero probablemente ya se había marchado. Reprimí el impulso de volver antes de tiempo y de intentar pillarla para hablar y pedir disculpas por mi modo de actuar. Mi orgullo y decoro podían más. Respiré hondo. Para bien o para mal, así estaban las cosas.

Poco antes de la hora prevista, me levanté y pagué la consumición. Llegué al hotel. Resistí el preguntar en recepción si habían devuelto la llave de la cuatrocientos dos. Cogí el ascensor y subí a la cuarta planta. Llamé a la puerta. No contestaba nadie. Con el corazón en un puño abrí y entré.

Dentro estaba oscuro y silencioso. Las persianas permanecían echadas, con sus rendijas de luz. Me falló la voz para llamarla. Vetas de perfume reactivaron mi deseo. Entré despacio en el salón. Ahí dentro, un arco de obra acortinado, en la pared de la derecha, daba a una gran alcoba sumergida en la negrura. A través de las puntillas del cortinaje, divisé los pies de una gran cama de matrimonio. Rodeé la mesita central, me senté despacio en el tresillo y cerré los ojos con fuerza. El pequeño videorreceptor había desaparecido también.

Intentando contener el vacío y la frustración, me llevé las manos a la cara. Bueno, pensé, se ha ido. Era una gran mujer. Ojalá le hubiera rendido los honores una vez más, aunque fuera la última. Ahora tocaba tragar y hacer frente a la parte más amarga: el autorreproche de esa fracción de mí, pequeña, vitalista y rebelde, que no aceptaba las cosas como venían. Sus agudas e infantiles protestas me incordiarían semanas.

Oí un leve ruido. Abrí los ojos y un susto tremendo me clavó contra el sofá. La luz estaba encendida. Al otro lado de la mesita, aguardaba Anne-Laure Goddard, quieta, de pie, con los brazos en jarras y las piernas levemente cruzadas, como posando para una foto. Una vaporosa bata negra velaba su curvilínea y elegante silueta, aunada por un conjunto de lencería erótica que cumplía, punto por punto, todas mis exigencias. Incluso había añadido detalles que daban un toque más seductor, oscuro y selecto al ambiente.

Mi primera reacción fue apartar la vista y pedir disculpas. Pero la reprimí. En realidad no estaba seguro de nada. Carraspeé, incómodo.

-Creía que te habías ido.

Por toda respuesta, avanzó un paso y subió a la mesita, adoptando una pose de pasarela: pies separados, piernas rectas y asimétricas, cadera reclinada, un brazo suelto y el otro en jarras.

Me llevé la mano a la boca, en gesto de admirada contención. Los zapatos, negros, de afiladísimo tacón con incrustaciones metálicas, hacían temer por su equilibrio. Las piernas, enfundadas en medias de red de ojo ancho, se hacían inacabables. A medio muslo, las bocas de las medias, en puntilla con mezcla de blanco y negro, estaban deformadas por tirantes que subían a un liguero rojo espejuelado. Un tanga negro y opaco realzaba el vértice de la escotada uve que descendía de sus anchas caderas. El sostén, rojo fuego, también de elaborado encaje, ceñía con dificultad los senos, rebosantes. Todo ello cubierto por una larga bata transparente, de ancho pasamano de pelusa negra. Sendos portaligas a juego rompían la simetría en ambos brazos. Una cinta ajustada de seda negra interrumpía abruptamente el repaso visual del mórbido cuello. El pelo, recogido en moño, dejaba escapar largas mechas que caían sobre su frente, desdibujando el semblante. No acerté a distinguir la expresión de sus labios. Lucían rectos, pero no sabía si sonreían en la comisura, o era rectitud de sumiso desdén.

Contemplé con gusto y tiempo. Primero un vistazo general, luego un repaso de abajo arriba y luego otro más, parándome en distintos detalles. Alargué la mano, pasando suavemente los dedos por encima, de pie y sentando, de lejos y de cerca. Al llegar a la cara aparté el pelo y descubrí sólo los labios. Una comisura permanecía recta e inexpresiva, pero la otra sonreía, irónica y burlona. No expresé emoción alguna, pero en mi fuero interno respiré, aliviado.

Hice que se diera la vuelta. Obedeció con gracia. Las mejillas me saltaban con nerviosos resoplidos. No era para menos. La vista fue instantáneamente capturada por los prominentes glúteos, acentuados por las medias, el tanga calado y el cierre del liguero. Palpé con dedos nerviosos aquel portentoso perfil por encima de la bata.

Admiré el resto. La espalda, flexible, definida, cruzada por los tirantes del sostén, culminaba arriba, en la base del cuello, con la negra estola de la bata. El moño dejaba al descubierto la nuca, con su sensible y cálida pelusa suelta. Incontenible y travieso, le hice cosquillas ahí. Ella no pudo reprimir un estremecido encoger de hombros.

Me repantigué en el sofá, gozoso, frotándome las manos. La miré una vez más, y resoplando largamente con fuerza, sugerí:

-¿Y la música?

Dio media vuelta y apuntó con un pequeño mando a distancia a una minicadena portátil. A los primeros acordes de guitarra, lanzó el mando al sofá y empezó a bailar.

Un cúmulo de suaves ondas sostenidas en lo alto por el aire, al son de la insinuante melodía de guitarra acústica, la cubrió entera como cascada luminosa. Alzó los brazos, sin separar las manos de su cuerpo. Reaccionaba a su propia caricia. Con lento oleaje, sus caderas se reclinaban de un lado a otro. Dio media vuelta, despacio, aclarando las aguas turbias que la cubrían con los brazos extendidos en cruz, chasqueando los dedos. El perfil de su trasero moviéndose provocó que mi abstracción fuera completa, anulando la poca iniciativa que me quedaba.

La bata empezó a descender en zigzag por los omóplatos. Al pasar el tirante del sostén, giró la cabeza y miró de reojo, sonriendo levemente. La ancha y liviana boa negra iba cepillando a su paso el marfil de su espalda. Llegó a la cintura, y se atascó en la pronunciada pendiente posterior. La pasó de un salto, descubriendo de golpe sendas gloriosas colinas, divididas por un profundo río negro y calado que no cesaba de aserrar la vista con su obsesivo vaivén. La bata cayó en elipse, sostenida en las mangas. Algo se me encogió, placentero y doloroso, ante el repicar de los tacones de metal bruñido sobre la pulida superficie. Aquel altar no era digno de su diosa, y ésta, desdeñosa e inmisericorde, lo rayaba con gracia y estilo.

Anne-Laure dio media vuelta, y con enérgico gesto, volteó la ligera prenda por los aires, retorciéndose ante sus pies. Se deslizó mansamente al suelo, como tributo al ídolo que la había poseído. Su dueña se mimaba con los brazos. Extendió uno y arrastró el portaliga hacia la mano. El otro corrió peor suerte. Estirado con ambos pulgares, lo ascendió, ondulando, sobre su cabeza. En veloz quiebro, dio media vuelta. El aire también estaría embelesado ante tanta provocación, porque sus invisibles manos la rodeaban, impidiendo el más mínimo desequilibrio. Echó la liga y sus dedos fueron al tirante del sostén, desatándolo. Asomó los brazos por entre las flácidas tiras y dio otra vez media vuelta, con sus manos sobre las copas. Las masajeó provocativamente. Retiró el sostén hacia un lado, mientras se cubría los senos con el otro brazo. El arrugado retazo cayó al montón. Reclinándose, hacía rebosar las cálidas colinas. Se enderezó y descubrió el pecho. Mis ojos colgaron de sus pezones, rebeldes y oscurecidos.

En el más difícil todavía, rozando lo imposible, puso los brazos en jarras y levantó una pierna; mantuvo el pie a mi alcance. Reaccioné con prontitud y cuidado. Desaté la fina cincha y sujeté el zapato mientras ella sacaba el pie, compensado sus movimientos. Comprobé asombrado lo mucho que pesaba. Sería la única arma de que dispondrían las profesionales, literalmente desnudas contra los clientes más ansiosos. Lo dejé con respeto en el sofá, mientras ella cambiaba de pierna. Improvisé, ahora que ella disponía de más equilibrio. Desaté la trabilla y capturé el tobillo mientras le quitaba el zapato. Mordí sus dedos a través de la tela. Retiré mi boca besando el empeine.

Coincidiendo con un ritmo rotundo de la canción, libre ahora de los celosos e implacables brazos del equilibrio, su cuerpo se movió y vibró con pasión desatada. Las manos fueron raudas a la nuca a deshacer el moño, extendiendo la melena con tres vigorosos cabezazos. Los brazos, ora pegados al cuerpo, ora hendiendo el aire, ora ahuecando con las manos el pelo, también hacían lo suyo.

Se relajó el tono melódico; Anne-Laure, agazapada en la mesa, se convertía en una gatita mimosa y curvilínea. Se sentó y extendió una pierna hacia arriba, en tenso equilibrio sobre los glúteos. Soltó la pinza trasera de la media, y luego la delantera. Giró sobre sí misma, mostrándome la otra cadera, y levantó la pierna. Hizo lo mismo con el cierre posterior, pero antes de soltar el otro, me abalancé y con dedos torpes, se lo solté. Divisé una sonrisa. Se puso a cuatro patas y me dio la prominente grupa, con la espalda hundida. Giró la cabeza y despejó su cara del pelo. Me echó un vistazo de reojo y después bajó la mirada a su tensa zona lumbar. Intenté desatar el liguero. El cierre era complicado, y más si ella no cesaba de moverse al compás de la música. Tras varios intentos, el liguero cayó mansamente. Me retiré no sin antes palmear aquellas curvas tan pronunciadas y explosivas.

Se puso en pie y se acercó a la orilla de la mesa. Mis rodillas asomaban como medio palmo por encima de aquélla; apoyó un pie en una, y procedió a desenfundar la pierna. Con lentitud exasperante, apurando cada centímetro, se descubrió el muslo. Al llegar a la pantorrilla, no sólo resistí el tremendo impulso de quitárselo de un tirón, sino que disfruté de sus senos colgantes, generosos, al reclinarse sobre su rodilla. Hizo lo mismo con la otra media. Apuró la canción sólo con el tanga y la cinta del cuello.

Estaba perlado de sudor, respirando fatigosamente; mi deseo parecía escapar entre pitidos por las orejas y la nariz, las manos temblaban y los ojos prendían del afilado negro que se descotaba entre sus muslos. Para más inri, dio media vuelta y bajó de la mesita, empezando a recoger las prendas del suelo, inmutable.

La dejé hacer, mientras recuperaba el dominio. Cuando terminó de plegar primorosamente la última media, dejó el conjunto sobre la cama. Se sentó frente a mí, en la mesita, cruzando las piernas, en postura recogida.

Despacio, me recliné más aún sobre el sofá y abrí las rodillas. Se deslizó entre ellas en silencio. Desató el cinto y el pantalón, bajando la cremallera de la bragueta. Abrió todo lo que daba de sí la robusta prenda vaquera, y descubrió los abultados calzones. El miembro brincó como un muelle, desarrollándose al instante. Se apoderó de él y lo volteó desde la raíz, hasta que, de tan rígido, apenas cundía aquel juego. Besó la cabeza, hinchada, oscura y brillante. Una mano subía y bajaba en torno al tenso tronco, la otra se colaba por debajo de la camisa, refrescando el vientre.

La contemplaba con fingido desinterés acunado por el morbo. Había decidido dar cerrojazo a toda respuesta emotiva. A diferencia de nuestro primer encuentro, la sugestión tiraba ahora hacia otro lado, nebuloso, casi inquietante, pero igual de intenso y alentador. Los labios, por encima de las venas turgentes. parecían profundizar en esos lechos torrenciales. La punta de su lengua escarbaba en el frenillo y circundaba el límite de la piel estirada. Mantuve la flema mientras abría la boca y me engullía todo lo que daba de sí.

Mis latidos pulsaban contra su paladar. Despacio, cabeceó, ayudándose con la mano. Comprobé, cada vez más asombrado, lo fácil que era negar el placer una vez pasado el primer subidón. Quedaba sólo el cálido y fuerte escozor del roce contra sus prietos labios y dedos. Aumentó el ritmo. Ni siquiera me tomé la molestia de retirar el pelo. Se lo volteó tras la nuca, en gesto típico de actriz porno, y mantuvo la cabeza ladeada. De vez en cuando, sobre todo tras un fuerte empuje, recaía alguna mecha, y ella, sin perder el trance, se lo ponía tras la oreja, muy femenina.

Miré disimuladamente el reloj. Llevábamos casi quince minutos. Había aumentado el ritmo hasta no poder más, alternando con breves descansos. Al final se irguió sobre mí, descubriendo su amada intimidad del tanga. Meneé la cabeza, amagando un rechazo con las manos.

-No te he dicho nada de eso. Sigue como hasta ahora. Quiero correrme en tu boca.

Parpadeó unos instantes y obedeció. Un poco frustrada, decidió cambiar de método. Juntó mis piernas, bajó los pantalones y los calzones hasta los tobillos y los levantó, apoyándolos sobre la mesa. Se coló entre las rodillas otra vez y se agachó, reanudando el estímulo bucal, pero ahora se ayudaba de atrevidas caricias con las manos. Estas repasaron el vientre, los muslos, el saco testicular y el perineo. Insistió en éste último, al notar un espasmo general. Había adivinado un punto sensible. Sus dedos vibrantes se colaron por los pliegues de la rabadilla. Estaba en postura muy incómoda, encogida y forzando codo y muñeca. Decidí facilitarle la labor.

-Sube aquí -palmeé en el tresillo, a mi lado.

Salió de entre mis piernas, gateó en el asiento y echándose la melena hacia el lado opuesto, se reclinó sobre mí. Disfruté de la vista, novedosa y con más detalle, el arrastre de labios, cuánto abría la boca, sus ojos entrecerrados y el cabeceo. Pasé la mano por su espalda y su cadera. Con el dorso percibí el mecimiento de sus senos colgantes. Metí los dedos bajo el tanga. En el glúteo, alternando con fuertes caricias y pellizcos, estampé varias palmadas que sonaron como disparos entre los chupones. Sin inmutarse, ella frotaba con más alcance y vigor el perineo, caliente y sudoroso, igualando el ritmo con sus cabezadas. Introdujo los dedos con más osadía. Me relajé sobre el respaldo y cerré los ojos, cediendo toda resistencia. Tomó más bríos. Las olas subían en veloz marea, hasta rebosar, incontenibles. Capturé entonces con una mano un puñado de cabellos y con la otra la nuca, y embestí con las caderas unas pocas veces, caótico; el dique cedía. Hundí la cabeza contra el respaldo del sofá, cerré los ojos con fuerza y grité largamente por lo bajo, con todo mi cuerpo rígido.

Regustando los ecos del estallido, entreabrí los ojos. Su melena era un revoltijo desordenado sobre mi vientre. Sentí curiosidad. No aflojé la nuca, pero con la otra mano peiné los cabellos, dejándolos caer entre mis muslos. Contemplé el cuadro. Ojos fuertemente cerrados y húmedos, labios rezumantes de líquido blanco, estampados contra el puño forzado en torno a la base. Así había resistido mis embates contra su cabeza, previos a la explosión de placer.

Decidí llevar a cabo una prueba. Me incorporé un poco en el sofá, arrastrándola conmigo. Aflojé la nuca, lo suficiente como para que ella relajara el puño que prolongaba su boca hasta la raíz. Hice que lo soltara. Ahora estaba sola frente a la plena extensión del miembro, que permanecía inmutable. Cogí su cabeza con las dos manos y la subí.

-Respira hondo, Anne-Laure. Coge aliento.

Su pecho subió y bajó profundamente varias veces. Juzgué suficiente y volví a presionar, muy despacio. Ella no oponía resistencia. Noté el contacto contra su paladar. Sobrepasé el límite que ella marcaba con su mano. Seguí empujando. Cuando ya quedaba muy poco, su estómago sufrió arcadas, sus ojos se crisparon y lagrimearon, su ceño se frunció. Insistí un poquito más. Apoyó las manos con rapidez sobre el vientre y empujó hacia arriba. Bloqueé sus esfuerzos un instante. Cedí más por piedad que por cansancio.

Ella se levantó de un salto, aspirando una larga bocanada y tosiendo con profundidad. Se apoyó en la mesita con una mano, mientras la otra la mantenía en el cuello. El pelo cubría adrede sus facciones. La dejé hacer, sin apartar la vista. Bajé los pies de la mesita en silencio y me subí las prendas sin abrocharlas. La serpiente, erguida e hinchada, no quería volver a su cubículo. No le hice caso.

Sus toses habían remitido bastante, ahora secas y esporádicas. Su respiración se normalizaba, se acariciaba el vientre y el cuello. Su cabello seguía de espesa cortina. Tras una inspiración especialmente larga y profunda, se levantó y fue al cuarto de baño. En el camino se recolocó el tanga. Oí correr el agua y sus abundantes abluciones y enjuages.

Reflexioné. Me había pasado con la última parte. Cuando se me ocurrió, entre regustos de placer, deseaba prolongarlo y probar cosas nuevas. Sentí curiosidad espontánea y la llevé a cabo. Me sinceré conmigo mismo. Los deseos de dominio habían cedido bastante al cumplir, punto por punto, todos mis requerimientos, con alegría e interés. El hacer daño no entraba en mis planes, sí el que se esforzara un poco. Pero no hasta ese punto. Respiré profundamente. Bajé la vista a mi entrepierna. La tensión había cedido, empezando a curvarse, pero el ojo único parecía reír, insolente, casi cruel.

No oí sus pies desnudos sobre la alfombra. Levanté la cabeza al pasar a mi lado. Se había recolocado el tanga y la cinta del cuello. Bizqueé, incontenible, resbalando por sus bellísimas curvas, sin encontrar asidero. Se sentó en la mesita otra vez, cruzando las piernas.

En su cara no quedaban rastros, salvo una rojez ocular. Se pasaba las manos por la bonita melena.

No supe descifrar su mirada. Decidí que fuera ella quien diera el siguiente paso. Guardamos silencio durante buen rato. Oculté la cara, incómodo e indeciso.

-¿Bien? ¿Qué deseas ahora? -rompió ella. Levanté los ojos. Despacio, pasaba las manos por su melena, desprendiendo cabellos sueltos. Me cautivó ese gesto tan femenino y desenfadado, pero me abatí cuando ella volteó su cabellera a la espalda y juntó las manos haciendo gala de indiferencia, que cayó como un jarro de agua fría.

-Nada. Ya estoy satisfecho.

-Pues no lo parece... -señaló mi entrepierna.

Le quité importancia con un gesto.

-Sólo son restos. Aunque viéndote así, se reactivará. Pero te aseguro que ahora no pienso precisamente en repetir.

-Pues ¿en qué piensas?

-En lo último que te he hecho. No debí hacértelo. -Buceé con determinación en sus ojos impertérritos. -¿En qué piensas tú?

-En tu próxima orden.

-No deseo nada más. Creo que ya has tenido bastante. Quiero que vuelvas a ser tú misma.

-Muy bien.

Se levantó y se dirigió a la alcoba. Cogió la bata gris y se la puso, calzándose las zapatillas. Fue al baño otra vez y salió en unos instantes, el pelo recogido en un moño. Se sentó a mi lado, tapándose escote y piernas con la bata. Mantuve la vista apartada.

-Siento lo último que te he hecho...

No respondía. El silencio se tornó incómodo. Decidí precipitar todo.

-¿Cuándo te vas? -pregunté, mientras sacudía una mota del asiento.

-Mañana por la tarde.

-¿Qué piensas hacer hasta entonces?

-Depende de tí.

La miré a los ojos. Reclinada contra el respaldo, sonreía distendida. Me eché adelante, colocando mis codos sobre las rodillas y juntando los dedos.

-¿Qué te apetece hacer?

-Lo primero, pedirte que te arregles... -con gesto discreto, señaló mi bragueta. Bajé la cabeza. Ruborizado, me levanté con cierta precipitación, y de espaldas a ella, terminé de vestirme. Me reí para mis adentros. Anduve un poco, estirando las piernas.

-¿Y después?

-Tengo hambre. ¿Te apetece comer conmigo? Voy a pedir que suban el menú.

-¿Tienes hambre... después de lo que te he hecho?

-Sí, ¿por qué no? Estoy bien, y además, ha sido... cansado. Necesito recuperar fuerzas. ¿Quieres comer conmigo?

Miré el reloj.

-Nada me gustaría más, te lo aseguro, pero hoy tengo comida con la familia. Aunque... -giré la cabeza y me mordí el labio, reprimiendo a tiempo un comentario hiriente sobre que ya debía saberlo, saber todo sobre mí y mis hermanos, mis padres, mis primos y quién sabe cuántos más.

-¿Qué?

-No, nada.

Sentí lástima. Reflexionaba sobre el grado de sinceridad que podía tener. Me senté a su lado, cogí su mano y acariciándola, la miré a los ojos.

-Escucha, Anne-Laure... Nada me gustaría más que estar contigo, comer contigo, disfrutar de tu compañía, llevar a cabo mis fantasías más atrevidas, hacerte el amor locamente hasta que te vayas, seducirte para que vuelvas otra vez... En París, me dijiste que es importante la comunicación, me pediste sinceridad. Pues bien, aún me siento molesto por lo que has hecho. Me gustas mucho... -pensé un momento y sacudí levemente la cabeza: -Quiero decir, te considero una amiga, una amiga muy valiosa por lo que me has enseñado y cómo me has enseñado... Pero no sé si tú me consideras igual, o un amante, o un pedazo de carne... No sé a qué atenerme contigo. Y no sé tampoco en tus ambientes, pero en los míos, los amigos se aprecian, son sinceros, espontáneos y leales. Si me quedara ahora a disfrutar de tu cuerpo -cambié de tono, imitando a un niño enfadado -¡estúpido e idiota de mí, que no lo hago...! -ella sonrió -no sería del todo espontáneo ni sincero contigo, de vez en cuando te echaría en cara lo del dossier. Quiero tranquilizarme y pensar a solas, y creo que tú también debes hacerlo. Puede que tengas las cosas claras y me consideres un amante ocasional, pues entonces mejor para tí, no tienes nada que pensar, me lo dices cuando venga y en paz. Me voy a mi casa a comer, y vendré en unas tres horas. Entonces cambiaremos impresiones y decidiremos qué hacer ¿te parece bien?

Afirmó en silencio. Deposité un espontáneo beso en sus manos y me levanté.

-Bueno, pues entonces, adiós...

Y salí de allí.

Capítulo 3.

Durante el trayecto no me fijaba por dónde íbamos. Todos mis sentidos estaban en la espléndida criatura que había dejado atrás. Me recosté en el asiento, recreándome en la nube de algodón perfumado que me rodeaba.


Así, no me fijé en que nos metíamos en un callejón oscuro. Cuando el taxi se paró, tampoco me fijé en si lo hacía en un semáforo. Empecé a preocuparme de verdad cuando un enorme coche negro, con los cristales opacos, se detuvo con escandalosos chirridos de neumáticos al lado. De inmediato, saltó del asiento trasero un hombretón de cuello de toro que miró alrededor, abrió la puerta del taxi y me atenazó el brazo, arrastrándome. Estaba demasiado asombrado como para oponer resistencia. El taxista no hacía nada, miraba por el retrovisor. En cuanto se cerró la puerta de su vehículo, salió pitando, perdiéndose en la oscuridad de la calle.

Me vi embutido en el asiento trasero entre dos moles graníticas con caras de pocos amigos y gestos y voz igual de secos y adustos. Antes incluso de cerrar la puerta, el coche arrancó y salimos del callejón.

No conseguía reaccionar, tal era mi sorpresa. Temía que aquello era una pesadilla de la cual despertaría si me estaba completamente quieto. Cuando por fin logré reunir algo de iniciativa, miré a uno de mis captores. Pregunté vocalizando despacio quiénes eran y dónde me llevaban. Desistí al comprobar que ni se molestaban en mirarme. Me fijé en el exterior, tratando de orientarme con referencias arquitectónicas que iba grabando a fuego en la memoria.

Al fin, tras pasar inmensas avenidas vacías de tráfico y con escasa gente, con un brusco giro, sin aminorar la velocidad, nos internamos en un garaje. El coche, después de dar vueltas y más vueltas por aquel dédalo de rampas en caracol y columnas de hormigón se detuvo ante unas compuertas corredizas metálicas. El gorila de mi derecha bajó, echando vistazos por todas partes, y se plantó ante un teclado numérico, en el que introdujo un código y una llave. Se acercó de nuevo y me obligó a bajar. Me empujó hacia el ascensor, cuyas hojas acababan de abrirse. Ahí ya sí que me resistí. No quería entrar en un hueco tan pequeño con semejante mole, pero mi sorpresa fue mayúscula cuando ví que me dejaba en el cubículo, metía una llave en uno de los ojos del lateral y salió de nuevo. Esperó a que se cerrara. Por la última rendija, pude ver que volvía al coche, sin cesar de otear en derredor.

En el ascensor estuve a punto de ceder al pánico. El lujo recargado de la cabina me encogía; suelo de mármol oscuro de una sola pieza, pulido y brillante, paredes de madera moteada bruñida, y un espejo frente a la puerta. Salté hacia la botonera para pulsar la alarma. Conté dieciocho pisos. Y estaba encendido el piloto del ático. Se activaban con llaves. Imaginé un capo mafioso rodeado de matones, esperándome arriba, dispuesto a pedirme cuentas por algo que hubiera hecho que le desagradara. Pasé rápida revista a lo que había hecho en esta ciudad, pero no encontré nada raro... ¿Quizás un fan rendido y silencioso de Anne-Laure Goddard, disgustado por mi aventura con ella? Meneé la cabeza.

Se abrieron las puertas tras un pesado amortiguamiento. Un pasillo corto, de paredes y techo blancos con molduras plateadas, iluminado tenuemente por apliques de bronce forjado, discurría hacia una única puerta entreabierta, a la izquierda. La alfombra amortiguaba mis pasos. Con unos discretos golpes, llamé a la puerta, que giró suavemente. No recibí respuesta. El interior estaba oscuro.

-Hola... ¿hay alguien?

-Adelante, por favor. Entra y cierra la puerta.

Era una voz desconocida de mujer. Desorientado, entré un poco más. Oía crepitar fuego. Rebasé un tabique a mi derecha. Un enorme tresillo y una alfombra en el suelo me separaban de la chimenea, donde lucía la hoguera, alegre y acogedora, en la pared del fondo. Una figura vestida con prendas de amplios vuelos y acuclillada a un lado removía los leños con un atizador. No la distinguía bien.

-Hola... eh... ¿quién es usted? -No esperé respuesta y me armé de decisión, dando un paso hacia ella.- Mire, por favor, creo que se han equivocado. No conozco a nadie en París, y mi avión de vuelta va a partir en poco tiempo y creo que lo voy a perder...

-No hay ninguna confusión, Víctor. Cierra la puerta, por favor.

Mi perplejidad no tuvo límites. Empujé con torpeza la pesada hoja, intentando no perderla de vista. Tras dejar el espetón en un cubo, irguiéndose, se volvió hacia mí, con los brazos en jarras. La luz del fuego, a sus espaldas, recortaba su estilizada silueta y realzaba el misterio, rodeándola de un aura mágica y sugerente. Entrecerré los ojos, tratando de distinguir entre las sombras de su cara.

-¿Nos... nos conocemos...? ¿Quién es usted? No... no la veo bien y...

Tardó un instante en responder. Inclinó la cabeza, y se acercó despacio. Con una mano se apartaba unos cabellos de la cara, en delicado gesto.

-Yo soy el sol que arde en el desierto, sobre la soledad de las dunas, de las rocas y de los granos de arena. Soy ese mismo sol, que brilla en el atardecer del mar. Soy el reflejo en las olas de ese sol que se oculta tras el horizonte marino. Soy la sirena que asciende del fondo de ese mar para salir en el centro de ese reflejo. Soy el canto que esa sirena entona mientras se peina su larga cabellera...

A medida que iba hablando, mi perplejidad daba paso a la sorpresa, al principio leve, al no reconocer el discurso; luego adquirió dimensiones catastróficas. Comprendí todo de golpe. Sacudí la cabeza, incapaz de asumirlo. Sentí que me flojeaban las piernas y me apoyé en la pared.

-¿Se... señorita Laura...? -pregunté, incrédulo

-Anne-Laure, sí. La misma.

Se encendieron unos focos indirectos aquí y allá. Rodeaba sinuosamente el tresillo, una mano apoyada en la cadera y la otra sosteniendo un mando a distancia.

La bata negra de seda ribeteada de encaje ocultaba parcialmente un camisón también largo y negro, ajustado a la cintura, que llegaba a los pies. Estos calzaban zapatillas también negras. Un escote recto dejaba al descubierto el nacimiento de los senos que, antaño como el vestido de la cena, se me antojaron incitantes. Pero en mi ingenuidad no me atrevía a mirar ahí, so pena de que ella se sintiera ofendida. Fijé mi visión en su cara, resplandeciente, enmarcada por mechas rubias de caída libre y ondulada por los hombros. Sus ojos y sonrisa deslumbraban el efecto sorpresa.

Cuando estuvo cerca, sus movimientos y actitud parecieron cálidos, comprensivos, atenuando mi estupor. Alzó la mano y tiró de la orla de mi parka mientras giraba hacia mis espaldas. No acertaba a reaccionar y me conminó suavemente. Colgó la prenda dentro del armario ropero empotrado que era el tabique de la derecha.

-¿Ha... habla español? -pregunté estúpidamente, volviendo la cabeza.

-Por supuesto que sí.

-Entonces... entonces todo lo que dije mientras bailábamos juntos en el restaurante... -Llevé una mano a la frente, intentando recordar a toda prisa, palabra por palabra.

-... es lo más sincero, sensible, poético y erótico que jamás me dicen, que jamás un hombre dice a una mujer -terminó ella, frente a mí, acentuando la sonrisa.

Su mohín me tranquilizó. Sonreí tímidamente.

-¿De... de veras le ha gustado?

-Sí, muchísimo. Es la razón principal de mi... invitación esta noche.

Me cogió la mano, bajando el escalón y dando la vuelta al sofá. Me invitó a sentarme con gracioso gesto. Se acercó a una cubitera tapada con un paño.

-Champagne?

-Eh... sí, gracias. -Afirmé, todavía sin hacerme cargo de la situación.

El apartamento era acogedor e incitante, pero me pareció reservado y lejano por cuanto lujo y detalle reinaba. Líneas perpendiculares, espacios diáfanos y mates marcados por molduras, cuadros y figuras naturistas y mitológicas de los más diversos tamaños y materiales, contrastes entre clásico y moderno... A la derecha del tresillo, una barra separaba la cocina y el baño, cuya puerta de cristal translúcido enmarcada en mármol continuaba la línea recta del tabique que era el armario empotrado del recibidor. A la izquierda, una mesa rectangular de gruesas patas salomónicas con sillas a juego sobre una alfombra ocupaba un amplio espacio concéntrico. El muro de la hoguera que seguía hacia la izquierda, la pared del fondo, el escalón que continuaba recto hasta esa pared y el tresillo. Enfrente al recibidor, continuando el escalón, vislumbré un despacho con muebles de oficina. Una puerta cerrada a la izquierda del despacho supuse que daba al dormitorio.

Me fijé en ella. Su atuendo, su porte, su forma de moverse... Como pez en el agua en aquel ambiente. El conjunto que vestía era más elegante y frío que sensual. Se volvió con dos copas, me dio una y se sentó.

-No sabía que hablaba español...

-Muy pocos saben.

Ella volvió a sonreír, mientras bebía un sorbito de champán.

-Pues lo habla muy bien, con un deje extranjero... No comprendo el porqué de su secreto.

-No hablar bien... Cuando hablar más, entonces tú saber. En mi profesión, no gustan las mujeres inteligentes. Modistas, publicistas, fotógrafos... profesionales del ramo sólo querer maniquís sin vida, estatuas móviles que lucir los modelitos sin complicaciones ni preguntas, que posen de una determinada manera, con sonrisa así, con mirada así... Piensan que una mujer inteligente eclipsará su obra. Además... -su expresión se volvió traviesa -me gusta observar sin que la gente saber. Soy un poco... ¿cuál es la palabra? ¿espía? ¿fisgón?

-Indiscreta -escogí un sinónimo suave. Reconoció el matiz y sonrió de nuevo.

-Eso... indiscreta. -cambió a un tono más cercano, como justificándose. -Llevo casi un mes sin hablar tu idioma, y me cuesta arrancar... Dame media hora, creo que hablaré mejor... Me gusta escuchar conversaciones sin que los demás saber que entiendo... Si hablan de mí, disfruto, juzgo y saco propias conclusiones. No es fácil. Es mi secreto, debo cuidar mucho de él. Cuando bailar juntos, hacer esfuerzos grandes -resopló mirando al techo -para fingir no entender. Normalmente estoy acostumbrada, pero esta noche ser muy, muy duro.

-Pues...¿tan pocas personas lo saben?

Dejó la copa y mostró las dos manos, una extendida y la otra con dos dedos, en gesto teatral lleno de orgullo.

-¿Ves esto? Es el número de personas que saben en todo el mundo que hablo español.

Nuevamente mi sorpresa fue mayúscula. Arqueé las cejas.

-¿Sólo... sólo siete personas? ¿en todo el mundo?

-Sí. Dos profesores y cinco amigas de confianza. -A medida que enumeraba, iba escondiendo los dedos. -Ahora hay que añadir una persona más: tú. Ni siquiera mis representantes saben.

-Me... me siento... abrumado por la confianza....-respiré hondo, removiéndome en el asiento. Me eché adelante apoyando mis codos en las rodillas, en plan confidencial. - Oiga... si quiere, no me responda, pero... ¿cuántos idiomas habla?

-Seis.

Solté un silbido de admiración. Traté de enumerar con la mano.

-Inglés, francés, español... ¿alemán? -ella afirmó- ...eeh, ¿italiano? -volvió a afirmar- ¿y el último cuál es? ¿ruso? ¿griego...?

-Vendo.

-¿Qué?

-Vendo, dialecto nórdico. Hablar daneses, suecos, noruegos y muchos finlandeses.

-Uauh... Y ¿cuáles son secretos?

-Español y vendo. El alemán hacer como que chapurrear, y el italiano maltratar adrede.

-¿Por qué?

-Porque no son gente muy agradable que decir.

Solté una carcajada. Hice una pausa. La miré al fondo de sus ojos.

-Y... ¿por qué me lo hace saber a mí? ¿qué tengo yo que me incluye en ese círculo tan... selecto?

-Me gustó tanto aquello que decir tú mientras bailábamos, que decidí que trajeran aquí.

-¿Ah, sí? ...er ... ¿en tan poco tiempo ha montado este... secuestro?

-Tener todo preparado. El maître es amigo de confianza. Sólo hacer seña discreta para que venir el taxi adecuado. Debes disculpar la rudeza de mi gente, los paparazzi... periodistas de prensa amarilla... llegan a ser peligrosos. He tener encuentros malos con ellos y con otros que fingir ser con intenciones falsas. Y esto no ser un secuestro... -desvió la mirada.- Si quieres ir, te puedes ir.

-No, no, es sólo que... no me creo lo que me está pasando. Temo que en cualquier momento vaya a despertar...

Ella bebió otro sorbo, sonriente. Sus pestañas caían con brevedad y maestría, enmarcando una mirada de terciopelo.

-Y... ¿porqué ha confiado en mí hasta el punto de revelarme un secreto que es valioso para usted, y... bueno... -tosí, incómodo -en la intimidad tomando una copa? Sólo por el placer de una conversación en uno de sus idiomas secretos, ¿no teme que mañana mismo vaya a esos paparazzi y les suelte que he estado aquí con usted tomando una copa y cobrar un pastón... perdón, dinero, mucho dinero por la exclusiva? o peor aún, que diga que... ejem... -volví a toser con más fuerza- que me he acostado con usted... Después de todo, no he vuelto a casa en mi avión... -Caí en la cuenta. Miré el reloj de muñeca, alarmado y me incorporé. -Mi avión... llego tarde ya, y mi familia se va a preocupar, ya que les dije que estaría en casa dentro de dos horas, y no sé cuándo ni cómo voy a volver...

-¿Has decir algo a tu familia?

-Sí, bueno, no, les he dicho que hoy me iba fuera todo el día por el trabajo, pero que estaría de regreso a la noche...

-Puedes llamar por teléfono y tranquilizar. Decir que llegarás a casa mañana al mediodía...

Se apoderó de un teléfono inalámbrico. Levantó una tapa y marcó un prefijo, escuchó el tono y me preguntó:

-El prefijo de tu país es treinta y cuatro, ¿no es así? ¿cuál es tu número?

Se lo dije. Marcó y me lo pasó. Inicié el ademán de llevármelo al oído, pero me detuve en seco al ver el aparato. Tenía muchos más botones que un teléfono normal.

-Está llamando -me apremió.

Me lo llevé al oído y capté el sonido de marcado. Contestó mi madre.

-¿Sí? ¿mamá? Sí, bien, todo bien, el trabajo, mucho, mucho trabajo. Oye, que te llamo para decirte que no llegaré a casa esta noche, sino mañana a mediodía... Sí... No, tranquila, no me pasará nada... Sí, tendré cuidado, ya me conoces... Oh, la comida muy buena y abundante, en la casa de la Lonja... No, que paga la empresa, tranquila, sólo faltaría eso... Sí, vale... Te quiero. Un beso. Adiós.

Colgué y le pasé el teléfono.

-Curioso aparato... Sabía que Bang&Oulufsen eran así de... sofisticados, pero... Parece más un mando a distancia que un teléfono inalámbrico...

-Oh, mando a distancia único -miró la pantallita. -Televisión, luces, música, player DVD... más teléfono y vídeo portero.

-Uauh, vaya tecnología...

Me sentía cada vez más incómodo y torpe. Ella se echó el cabello hacia atrás y se reclinó sobre un costado, volviéndose hacia mí y cruzando las piernas. Apoyó su cabeza en una mano con el codo contra el respaldo. El calzado del pie al aire se quedó colgando de la punta de sus dedos. Era una sandalia de tacón macizo y empeine de raso negro orlado con gamuza blanca. Sentí que me miraba con intensidad, pero yo evitaba el contacto directo.

-He dicho que estaría de vuelta mañana a mediodía...

-Así es. Mi jet privado llevar mañana de vuelta a Zaragoza.

-¿Un jet? ¿un avión privado...? Guau... y ¿qué pasará con Carlos, el agente de la casa de bebidas que podría estar esperándome en el aeropuerto? Carlos u otro compañero suyo...

-¿En domingo? No creo. Esperar que cojas un taxi tú solito. Ya eres mayorcito -remató con irónica sonrisa.

-Ah... ¿y los paparazzi que podrían estar al acecho? Si son tan sofisticados como dice, probablemente ya sabrán que el afortunado que ha cenado con usted es de Zaragoza, y...

-Si dan contigo, espero que sepas evitar. Decir que no quieres saber nada de ellos, imagino que bastará. Confío en ti.

Una ola de regocijo íntimo me conmovió. Guardé silencio. Todavía no me situaba.

-¿Por qué? ¿todo esto para mantener una conversación en privado y... y practicar español conmigo? Además, todavía no sé por qué confía en mí...

Ella bebió otro sorbo. Tardó en responder.

-La apariencia engaña, Víctor, mi vida no es fácil, no es lecho de rosas. Muchas traiciones, cuchilladas por la espalda... Para divertir usar estos trucos. Para conocer gente con quien hablar, tomar copas y pasar bien, tener cuidado, mucho cuidado. Con tiempo crece... no, desarrollo... sexto sentido que puedo ver qué gente tener delante, hasta dónde poder llegar, qué poder esperar y cómo responder. En tu caso... -bajó la mirada -poder no ser así, que impresión ser equivocada, pero en tu caso, mi… corazón me decir… me dice que... tú ser una de esas personas que morir antes de revelar confidencias de otra persona que ha confiado plenamente. Yo espero acertar, por la cuenta que me trae...

Abrí mucho los ojos. Una catarata de emociones inundó mi cabeza, la más avasallante, la de fidelidad absoluta. Ella continuó, con la cara agachada.

-Cuando me hablaron del concurso y saber que eras español, decidir que ser buena ocasión para practicar idioma español oyendo hablar a un nativo, y gastar broma a intérprete. Ser buena amiga, pero no saber que hablo español. La elegir para ver cómo traduce, saber cuánto puedo confiar en ella para confidencias, captar su slang... argot, y... reír un poco en secreto. En el vídeo de presentación no tenes... no tenías ni pizca de malicia. Muy buen actor tenías que ser, y no llegar a tanto esos degenerados... Monté todo para traer a ti aquí, si la impresión ser… positiva, a tu favor. La verdad ser, durante la cena, además de disfrutar de tu compañía... -sonrió -y de Denise, escuchar a ti directamente y observar. Tus cumplidos ser muy halagadores, pero muy formales. Rechazar definitivamente el ser tú un infiltrado. Me gustar mucho cuando pedir tú que dar una voltereta... una vuelta antes de sentar. Dejar tú a todos con la boca abierta. Y lo que decir siguiente... pero eso ser todo. Resto, previsible y cortés. Al terminar la cena había decidir… decidido no valer la pena arriesgar. Pero... cuando decir todo aquello en el baile... -se ruborizó -...bueno, al principio bien, muy, muy bien, pero luego... -cerró los ojos, espesando la voz - Desde “el sol que arde en el desierto” en adelante... Bueno, no esperar eso. Cuando tú usar aquellas frases tan bonitas, cambiar de opinión. Las primeras, inolvidables... Resto, entraban directamente en mi… en mi corazón... fuertes, ardientes... Tú tener imaginación, fantasía, saber usar... eh, palabras, imágenes. El colmo ser cuando tú excitar, y... subir... no, ascender… no, to sublime tus cinco sentidos, en lo que hacer tú a mí en la intimidad... Ha sido muy, muy duro fingir que... Y sobre todo, antes de terminar, me sentir... como flotar en el aire... Además, el tono de tu voz ser muy... muy... Bueno. -Ella alzó la cabeza, mirándome directamente. -Ahora tú y yo estamos en la intimidad.

Mi perplejidad superó todos los límites. Abrí la boca, embobado.

-Eh... er... -miré alrededor. Me eché un poco atrás -¿Me ha traído aquí para...?

-... hacer el amor, sí. -Remató ella con una sonrisa. Y rió, incontenible, haciendo un gesto amplio con la mano sobre su camisón. -¿No sugerir a ti nada esto? Muchos hombres se lanzan encima nada más ver a mí así, pero... pasar casi media hora y no me tocar, no acercar a mí...

-Bueno, yo... en fin, está muy atractiva, sí, pero unas ropas tan amplias me sugerían más una charla que...

Soltó una larga carcajada liviana. Cesó poco a poco y se limpió una lágrima. Apartó la bata y dejó caer el camisón por todo lo largo de una abertura lateral, descubriendo hasta la cadera. Las torneadas y largas piernas cruzadas lucieron, suaves y llameantes en toda su gloria. Se me desorbitaron los ojos.

-¿No son suficiente sexys para ti?

Tragué saliva.

-Sí, claro...

-Muy bien. -Apuró la copa y se levantó, apoderándose del mando. -¿Bailar?

Me incorporé torpemente, a punto de derramar el champagne. Dejé la copa en la mesilla y me acerqué a ella. Pulsó un botón del mando y sonó una música suave y relajante. Dejó el aparato junto a las copas y me echó los brazos al cuello. Puse mis palmas en sus ijares y me moví al ritmo.

-Señorita Laura...

-¿Sí?

-¿Está segura de que... quiere esto? Es decir, ¿y si su instinto falla? Porque puedo ser un actor para...

-Muy buen actor ser entonces -atajó ella. Me miró a los ojos. -Detalles no engañar.

-¿Por ejemplo?

-Llamada de teléfono a tu madre, tus modales en la mesa, tus miradas y posturas, y lo más importante, lo que decir mientras bailar juntos antes en restaurante. Además... -me estudió con deliberada profundidad -... a mí también gustar Borges.

Abrí mucho los ojos, sin comprender.

-Sobre todo, “Historia universal de la infamia”. Y de estos cuentos, un servidor japonés cumplir con deber y honor con su amo, hasta el fin.

Había captado la indirecta del vídeo. Me sentí extrañamente complacido. Ella se pegó a mí.

-Y ahora gustar que me abrazar un poco más fuerte.

Estuve muy rígido. No atinaba con el ritmo, su cuerpo me parecía lejano, pétreo y duro, Echó la cabeza atrás otra vez, extrañada.

-¿Y bien? -sonrió. -Yo saber que me consideras especial, pero soy una mujer normal y corriente, con necesidades. Tú estar como... si no estar nunca con una chica. -Como yo desviara la mirada sin contestar, adivinó al fin. Se llevó la mano a la boca y abrió los ojos, asombrada. -¿Ser eso? ¿no conocer mujer...? -Afirmé con un leve vaivén, y bajé mis ojos, con el rostro encendido. Se apartó mientras se llevaba las manos a las sienes y cabeceaba de un lado a otro. -Oh, mon petit chéri, mein gott, himmelkreutzsakrement, groubi svinya, god’n’heavens... Das ist unglaublich! -Me miró a los ojos. -Entonces... ¿todo lo que decir abajo antes es... era... inventado? ¿o leer en alguna parte y memorizar...?

-No hay que haber probado algo para saber en qué consiste -me defendí, un poco molesto.

Ella sonrió, comprensiva.

-No pretender ofender. Es que... oh, gosh, es difícil creer que decir todo aquello y...

-La inspiración era muy fuerte. ¿Qué querías que sintiera, si estaba bailando con una de las mujeres más bellas y atractivas que jamás he tenido ocasión de conocer? Además, creía que no me entendías, ya que no sabía que hablabas español, así que me dejé llevar... Y, por otra parte, en ningún momento te he ocultado mi... mi soledad forzosa.

-Pero... yo creer que tú referir a bailar rato largo abrazado a una mujer como yo, no a hacer el amor...

Achiqué los ojos.

-Vaya ego tienes, ¿no? Y además, ¿no va una cosa antes que otra...? -Ella no entendió. -Quiero decir, si me gusta una chica, la cortejo y procuro conquistarla, es más fácil que bailemos juntos que acabar haciendo el amor...

-I undest... eh… yo entender, pero... -Ella meneó la cabeza otra vez. -Oh, himmergott, my god... Esto tiene mucha gracia. Espero seducir a hombre experimentado, joven y fuerte, y pasar que...

-Bueno, creo que mejor me voy. -Di media vuelta, sin poder contener la vergüenza, y eché a andar. -Si no soy lo que esperabas...

Ella se puso en medio, cogiéndome del brazo.

-Perdón, Víctor, no pretender ofender. I’m sorry very much... Lo siento. Difícil pensar que, sin experiencia, me conquistar sólo con imaginación, con fantasía. -La miré a los ojos. -Y me confundir por completo. Tú ver ahora que yo no ser perfecta, que alguien me poder engañar... y en tu caso me alegro. -Ella sonrió con sugerencia y admiración. –Si esto ser tú ahora, ¿qué ser cuando tú probar mujer?

Me relajé y me dejé llevar por ella de nuevo frente al fuego.

-Por esto me honrar ser yo primera mujer en tu vida, de enseñar... si tú querer… quieres, claro. Estoy segura de que ser maravilloso para ti... y yo quiero enseñar bien. También ser bonito para mí, con tu edad no ser un... estudiante, un colegial... y yo saber que tú dar mucho... ¿tú quieres? Yo sí quiero.

Hechizado de nuevo por sus ojos, afirmé con la cabeza. Sonriente, cogió mis manos y rodeó su cintura con ellas.

-¿Bailamos?

Más relajado, cogí el ritmo de la música, me dejé llevar, me apreté a ella. Sentí su cuerpo frotarse con el mío, la turgencia de sus senos en mi pecho, el calor envolvente, el olor de su piel perfumada, la suavidad de la seda de su bata. De repente, me quedé quieto. En las envolventes nieblas del sendero que aquella bellísima criatura abría en mi imaginación, se iban encendiendo aquí y allá ideas borrosas largamente pospuestas, nacidas en pasadas épocas especialmente inflamables y guardadas en polvorientos cofrecitos de cristal, a la espera de ser abiertos en el momento preciso. Brillaban como lucecitas titilantes. Una de ellas, más atrevida e insistente, revoloteaba ante mis ojos, y decidí llevarla a cabo. Anne-Laure me miraba a los ojos, esperando. Le devolví la mirada, y después me hundí en aquellos labios tan preciosos y cercanos. Abarqué suavemente su cara con mis manos.

-Me gustaría... besarte en la boca -musité, antes de ruborizarme intensamente.

Ella arqueó las cejas.

-¿Tampoco besar a una chica?

Decidí mentir.

-Sí... un par de veces... pero hace tanto tiempo que...

Sonrió y se humedeció los labios. Recliné mi cabeza y posé los míos. Primero leves succiones, después un contacto más prolongado, más tarde ella asomó la punta de su lengua y presionó. Abrí y ofrecí la mía con timidez. Jugamos trazando círculos; pero su lengua fue ganando más y más velocidad. Todo mi ser se concentró en la boca; lengua dúctil y rápida, y labios cálidos, húmedos. No sentía nada más, excepto que sus brazos se cerraban en torno a mi cuello.

Cuando nos separamos, me supo a poco. Abrí los ojos. Sufrí un leve vértigo. Su sonrisa era abierta, pero sus ojos escrutaban, irónicos.

- Esto llamar soul kiss, en español, beso del alma.

-Ah... bueno es saberlo -respondí, alelado por una intensa y dulce ternura.

-La próxima vez que besar a una chica, ya saber cómo se llama... y no mentir ni quedar mal.

Bajé la cara, víctima del rubor más violento.

-¿Cómo... cómo te has dado cuenta?

-Tu falta de técnica y reacciones en tu cuerpo tras cada paso que yo dar en tu boca... Creo que hablar contigo cuando todo esto terminar... si tú quieres.

-¿Hablar conmigo sobre qué?

-Saber porqué nunca estar con una chica a tu edad. Ser increíble que un joven tan atractivo como tú...

-¿Atractivo, yo? -abrí mucho los ojos. -Estás de broma. Soy muy tímido y... En fin, todo esto lo hablaremos más adelante, como bien has dicho. ¿Puedo... puedo besarte otra vez?

Afirmó con la cabeza y se ofreció. Me sentí flotar entero en ese dulce y diminuto lecho. Una ola de calor intenso rompió por todo mi cuerpo. Me estremecí. Nos separamos, sonrientes.

-Tú debes saber que muchas mujeres no aceptar que cualquiera bese en su boca.

-¿Ah, sí...? -pensé un momento. -Bueno, sí, es lógico, si significa mucho...

Ella se arrebujó en mis brazos.

-Me gustaría que decir más cosas bonitas al oído, como allá abajo...

-Em... Espera un momento, por favor... -sentí que no venían las palabras. -Creo que... las circunstancias han cambiado... Ahora que sé que me entiendes, que estamos en la intimidad, que vamos a hacer el amor, que te he besado... uf, el beso, qué besos... debería aumentar el caudal, pero... dame tiempo para que la inspiración se ponga en marcha, encontrar unos raíles, con sus luminosas traviesas indicándome camino... Eres hermosa, Laura, la mujer más hermosa de este planeta. Eres oro, yo quiero ser el molde donde te fundirás. Eres agua, yo quiero ser la plancha de vapor por la que saldrás en pitidos. Eres luz, yo soy el cristal que desea envolverte. Eres una estrella, una gigante roja, yo quiero ser los planetas que giran a tu alrededor, los cometas, los satélites... que serán devorados por ti. Eres magia, yo quiero ser la varita y las manos que desean canalizarte. -Sentí que se estremecía en mis brazos. La abracé con más fuerza. -Eres un oasis en el desierto, yo quiero ser el vagabundo sediento que desea internarse en ti y beber de tu dulce fuente. Eres una de las puertas del paraíso, yo quiero entrar a través de ti. Eres un túnel en la montaña, yo quiero ser el largo convoy que avanza a toda velocidad, a penetrar en tus profundidades, entre humos y pitidos. Eres una linterna, yo quiero ser tu batería. Eres una amazona, yo quiero ser el bravo semental que cabalgas. Eres un lecho, yo quiero dormir entre tus pliegues calientes. Eres el más selecto y dulce perfume, capaz de durar horas y horas en la piel que cubres y seduciendo a todo aquel que caiga en tus redes invisibles, yo quiero ser el tosco y humilde frasco que te contiene. Eres la más hermosa rosa del parterre, yo quiero ser el abejorro que acude a ti. Quiero ser el bolígrafo con el que estamparás tu firma. Quiero ser el potente deportivo que conduces a toda velocidad por la autopista, con toda tu belleza al aire. Eres lluvia, yo quiero ser la tierra árida que riegas. Eres una canción, yo quiero ser la batería que bombea el ritmo base, eres un recipiente de cocina, yo quiero ser la batidora que entra y sale y entra y sale, y triturar el contenido hasta dejarlo una deliciosa papilla....

Con un suspiro, buscó mis labios y los selló con los suyos. Introdujo su lengua, ansiosa, tierna, absorbente. Su mano izquierda bajó a su grupa, empujando la mía. Percibí la pronunciada pendiente, el glúteo terso, firme, y la removió ahí. La palma se llenaba, los dedos se hundían a través de la seda. Bajé la otra mano, pero enseguida subí hacia la nuca. La bata me molestaba; saqué y rebusqué en su melena. Mis dedos recorrieron abundantes trazos en su nuca, su cuello y su hombro.

Un par de movimientos en ambos hombros hizo que la bata se deslizase por todo lo largo de su camisón, rodeando sus pies. Volvió a abrazarme. Jugué largo rato con sus zonas recién descubiertas. Se separó de mí, y con mirada turbia, cogió de nuevo mis manos y las posó en sus pechos. Se abrazó a sí misma con ellas, con fuerza. Me quedé estupefacto al notar los pezones duros raspando las palmas a través de la tela. Dio media vuelta y se refugió entre mis brazos, mimosa. Se apoderó de nuevo de mis manos y se restregó los hombros, los pechos, los ijares, las caderas, el vientre, otra vez los pechos. En ellos, guió mis dedos con habilidad. Me dejó hacer, mientras ella buscaba mis caderas y se anclaba contra mí, frotándose la espalda, sin dejar de suspirar. No estaba muy seguro qué hacer, pero recordé una frase: “Todos los libros, películas, todo lo que te digan que debes hacer en ese momento tan especial, lo coges y lo tiras a la basura. Lo que harás entonces, te debe salir del corazón”. Por encima del camisón, abarcaba sus pechos, los pellizcaba con suavidad, mientras besaba su hombro y su cuello. De repente, con un gemido, se separó, se llevó las manos a los hombros y empujó los tirantes. El camisón empezó a resbalar, se enganchó en sus pezones. Siguió cayendo, deteniéndose breves instantes en sus caderas y su trasero.

Sólo un minúsculo tanga, también negro, partía en dos su curvilínea espalda. Se detuvieron mis ojos en la melena y el trasero. Se pegó a mí otra vez y demandó caricias. Agaché la cabeza, dispuesto a complacer, pero parpadeé estupefacto. Ambos pezones aparecían hinchados, oscuros. Las aréolas asemejaban ascuas de madera carbonizada sobresaliendo de sendas esferas de marfil. Ella empujó hacia atrás, pidiendo. Resistí sus embates y obedecí mecánicamente, sin perder de vista aquellas perlas oscuras.

Estuve buen rato jugando con ellas, pasando la punta de las yemas por su portentoso contorno. Cogió mi mano y la dirigió hacia abajo. Quedé sin respiración al notar que metía mis dedos bajo el tanga y los sumergía en su mata púbica. La sentí suave, mullida, tibia. Cogió mi muñeca y tiró hacia abajo, mientras alzaba sus caderas. Noté la mata en mi palma, y mis dedos encontraron su flor empapada, caliente. No acertaba a moverlos, temía mi ignorancia. Ella presionó con su mano encima del tanga, hundiendo mis dedos, mientras contorsionaba sus caderas sin cesar, gimiendo. Cerró los muslos con fuerza. Los dedos me dolían en aquel dulce cepo. De repente arqueó su espalda, echó la cabeza atrás y soltó un grito. Su cuerpo entero se volvió duro, enhiesto, como una tabla combada contra mí. Comprendí que tenía un orgasmo, así que, con bastante más torpeza y tarde de lo que reconocería, la acaricié con fuerza con las dos manos.

Gran error, porque en mi turbación olvidé que mi mano derecha cubría la sensibilizada entrada de su caverna. Lanzó un leve grito de dolor al sentir mis dedos engarfiarse ahí. Aflojé al momento, pero el mal ya estaba hecho. Se tambaleó en mis brazos.

-Lo... lo siento...- musité en su oído, entre beso y beso, turbado.

Se apoyó contra mí, respirando entrecortadamente. Solícito dentro de lo que cabía, abarqué con mi brazo izquierdo su cintura, mientras mi mano derecha se dedicaba a masajear suavemente su intimidad.

Bajó la cabeza. Con largo suspiro, se separó de mí y dio media vuelta. Alzó los brazos y cerró las manos en mi nuca. No me atrevía a devolverle la mirada.

-Lo siento -repetí. -¿Te he hecho mucho daño?

-Un poco. Pero no importar. Ya aprender. Ser lógico que primera vez pasar estas cosas.

Como no me atreviera a alzar el rostro, ella levantó suavemente mi barbilla.

-Víctor. Repetir: no importar. -Acarició mi mejilla con el dorso de sus dedos. Sonrió con picardía. -Además, tener su gracia y placer.

Me animé ante el brillo envolvente de sus ojos.

-Ah... ¿de verdad?

-Me ha gustar guiar a ti por mi cuerpo. Ser... tener placer para mí también, que experimentar mis zonas por separado y al orden y intensidad que yo querer. Otro hombre me toca todo, entonces es experiencia común... -Señaló la puerta cerrada. -¿Nos vamos a cama?

Afirmé con la cabeza. Cogió la mano para guiarme, pero tuve una inspiración. Tiré de ella y la abracé, besándola. Ella, pasada la sorpresa, colaboró; mis manos iban por su espalda hacia abajo. Me entretuve en sus nalgas. Acompasé el ritmo de ambos masajes. Me agaché despacio, rodeándola con mis brazos. Los ojos resbalaban por sus formas, intentando asirse a cada relieve. Se engancharon, tozudos, en los morenos pezones. De rodillas en torno a sus pies, me perdí en su belleza desde esa perspectiva tan abrupta, culminada en su sonrisa. Tiré del tanga hacia abajo. La prenda se oponía a dejar su recóndita ubicación, entristeciéndose arrugada a medida que descendía. Anne-Laure se apoyó en mí mientras levantaba un pie y luego el otro, dejando caer al suelo la última traba a su desnudez. Una mecha rubia oscura en uve vertiginosa se perdía en la tentadora línea de sus muslos. Me sentí atraído como una polilla hacia aquella luz. Una mano se interpuso. Alcé la vista, interrogante. Capté su determinación, llena de paciencia y picardía.

-Nos vamos al dormitorio. Seguir ahí tu lección. Ver mucho más y en postura cómoda. Quiero ver a ti desnudo ya...

Me levanté con el rostro encendido por el deseo. Pero me agaché de nuevo, raudo, pasé las manos tras las rodillas y la alcé en brazos. Ella soltó una exclamación y se abrazó al cuello, preocupada.

-Víctor ¿estar seguro de poder? Ser malo para tu espalda...

-No soy precisamente un alfeñique... y tú pesas poco, preciosa. Claro que puedo... Es la mejor carga que he llevado en toda mi vida, la mejor carga que un hombre puede soñar en llevar...

Ella sonrió, deslumbrante. Señaló con la cabeza a una mesilla y me acerqué allí. Alargó la mano y se apoderó del mando a distancia.

Subí el escalón, giró el pomo y entramos. Pulsó un botón y se apagaron los halógenos de fuera. Quedamos a oscuras unos instantes, al cabo de los cuales se encendieron las luces del dormitorio.

Este era espacioso, decorado con un estilo acorde con la compleja personalidad de la dueña. Primaban los detalles rodeados de amplios espacios colores pastel blancuzcos, respiraba coquetería, cálido recogimiento y relajación aromática. La robusta cama de matrimonio ocupaba el espacio central, equipada con colcha nórdica y dos traviesos ositos de peluche separados por tres almohadas amontonadas, forradas de terciopelo con pasamanería y borlas grises. En la pared de la derecha, un sólido armario de madera maciza y oscura sin pintar, sólo desbastada, lijada y barnizada, con hojas de celosías biseladas y visores interiores; más allá, un gran mirador, con cortinas descorridas y pesadas puertas de rejas de hierro forjado, daba a la azotea. La pared del fondo, a la izquierda, era un armario empotrado con puertas corredizas de espejos. A ambos lados de la cabecera, sendas mesillas de estilo rústico sostenían una pareja de estilizadas lámparas con tulipas halógenas de grueso cristal blanco. A la izquierda de la entrada, un tocador también de madera oscura, con su espejo oval en eje sobre dos soportes que sobresalían del respaldo del mueble. Dicho tocador era lo único que tenía un aspecto desordenado, por recargado de frascos, recipientes planos y útiles de aseo y maquillaje que apenas cabían en sus aparadores. Más allá del tocador, una segunda puerta que seguramente daba al baño. Ella sonrió y abarcó con el brazo.

-¿Te gusta?

Afirmé con la cabeza. Un vistazo casual a su tocador hizo que se ruborizara.

-Demasiados cosméticos, ¿verdad...? Regalar tantos y tan buenos que no sé dónde poner... Vamos, me llevar a cama...

Señaló con la barbilla el lecho. Me acerqué y la deposité con delicadeza en el borde. Se sentó y empezó a desabotonar mi camisa. La sacó sin miramientos del pantalón. Desabrochó los puños y se levantó un momento para echarla de mis hombros. Me quité los zapatos, sin molestarme en desatar los cordones. Aflojó el cinturón, pero antes de que sus ansiosas manos fueran al primer botón del pantalón, las capturé y las aplasté contra mi pecho desnudo. Vertí una turbia e intensa mirada suplicante en sus ojos cuando los alzó. Despacio, las deslicé hacia mi cintura, Ella se entretuvo más de la cuenta en desatar. Cayó la prenda a lo largo de mis piernas. Sentí frío. Tiró despacio del borde elástico, enrollándolo sobre sí mismo. Descubrió el pelo púbico. Siguió hacia abajo. Por fin salté al exterior, incontenible, lleno de vida.

No perdí de vista su expresión, anhelante de su respuesta. La timidez y las dudas que albergaba sobre que aquello era natural, pese a las películas porno, fotografías, expresiones, chistes y demás cultura sexual desaparecieron como por ensalmo. Su sonrisa me tranquilizó. Despacio, lo cogió con la mano. Eché la cabeza hacia atrás, los ojos fuertemente cerrados, al percibir el frescor de su palma aliviar la prisión y el calor que me atormentaban desde hacía tantos años. Sentí que se desarrollaba por completo, libre, imparable. Comenzó a recorrerlo de arriba abajo, muy lentamente. Me estremecí al notar por primera vez un contacto ajeno en todo el recorrido. Pasó la primera oleada, y bajé la cabeza, abriendo los ojos.

Depositó un beso en la punta inflamada. No sentí apenas nada. Después otro y otro. Comprobé extrañado que se perdían en la tirantez. Podía más la visión que el contacto. Los ojos se me iban de las órbitas. Los cerré y alcé la cara con un largo gemido. Una humedad caliente me rodeó. Todo mi ser vibró al adivinar lo que eso significaba. Volví a abrir los ojos. Ella cabeceaba despacio con los labios arrastrándose en torno. Posé mis manos en su nuca, reteniendo su pelo, y percibí la energía rítmica e incontenible de sus vaivenes. Vino otra oleada.

Aumentó el ritmo un poco más, y de repente se apartó. Con sonrisa sugerente, me repelió de sí con pausada firmeza. Alcé las cejas, perplejo, y obedecí, dando un par de pasos hacia atrás.

-Quiero ver a ti desnudo -se excusó ella, con cierto rubor, encogida. -Tú me ver a mí y disfrutar mucho, igual que yo disfrutar con tu fantasía que decir para mí sola. Quiero ver tu cuerpo y disfrutar de él...

Bajó la vista despacio, deteniéndose en diversos puntos que suscitaban su interés. Por el ángulo, podía suponer cuáles eran. Yo no veía nada para comparar con Adonis: piel en general pálida, notando la ausencia de sol; mechones morenos de vello aquí y allá, profusos unos y leves otros, flacidez incipiente en estómago, prominentes cartucheras traseras, fruto de largas andadas y estancias de pie; manos enormes con nudillos marcados y brazos delgados y fibrosos, pies blanquecinos, encallecidos y con dedos deformados... No era para estar orgulloso, pero me atuve a su deseo, mostrando sin recato lo que había. A una seña suya, dí media vuelta, mostrando el trasero. Exterioricé entonces mi pudor y resignación, recogiendo la cara inflamada por el bochorno, hasta que una ojeada casual a un espejo me hizo ver que observaba mis reacciones con una sonrisa. Aparté mi cara con cierta brusquedad. Sus manos masajearon mis glúteos y subieron después por los flancos a mi pecho. Cubrió cálidamente mi espalda, y sentí sus labios y dientes en mi hombro.

-Eres muy hermoso y atractivo.

-No... no digas mentiras, por favor -casi supliqué yo, sin contenerme.

-Víctor...

Me revolví contrito en sus brazos y clavé mis ojos en los suyos.

-Tú eres la hermosa y atractiva aquí. Yo no llego a la suela de los zapatos a esos modelos masculinos tan guapos y tan viriles que conoces en el trabajo... y supongo que... en... en tu vida íntima.

-Víctor, ¿puedo hablar? -sus ojos chispeaban. -Ser cierto: me relaciono todos los días con modelos masculinos con físicos perfectos, sí, y estar... -Sacudí la cabeza brevemente y arqueé las cejas, asombrado. Se interrumpió ante mi exagerada expresión. -¿Qué?

-¿Te... te acuestas todos los días con esos hombres...? -pregunté, incontenible y algo lerdo.

-¿”Acuestas”? -dudó ella, sin entender.

-Eh... irte a la cama con ellos, hacer el amor con ellos todos los días... -señalé el lecho a sus espaldas. Ella comprendió, y se echó a reír, en creciente y paulatina carcajada.

-¡No...! No entender, o yo decir mal... -siguió riéndose en mis brazos. Cesó poco a poco. -¡Hacer el amor todos los días...! Buf, ser joven y hermosa, pero no tanto... -sonrió ella con picardía, quitando hierro al instante. -Digo que, por mi trabajo, conocer hombres atractivos, modelos y no modelos, y... yo afirmar que estar harta de ellos. Harta de cuerpos perfectos, moldeados en horas y horas de gimnasio y drogas, harta de orgullos, de vanidades, de espíritus falsos y vacíos, harta de tratar de impresionar con poses de bravos, de machos, de hombres sólidos y de confianza aplastadora. Los pocos que conocer realmente interesantes son gays. -Soltó otra carcajada. -¡Hacer el amor todos los días...! I wish! Hace meses que no estoy con uno de ellos, me hartar, ser todos iguales. Te decir y te repetir: ser muy atractivo para mí. Tu belleza ser... directa, sincera, sin tratar... Además -posó su mano sobre mi pecho izquierdo -estar segura de que aquí… to bit… latir un corazón muy, muy grande.

Sentí sus dedos clavarse puntiagudos en mis glúteos, subiendo una ola por la espalda. Me miró a los ojos.

-Ver tu sinceridad, y yo responder con sinceridad igual. Ser muy cruel por mí si invitar aquí para burlar a tu costa. Además, a tú hacer gracia mi forma de hablar... No dominar tu idioma y seguro que reír cuando decir algo mal, los verbos, la estructura de mis frases... Ahí ganar tú a mí, y mucho.

Respondí a su sonrisa. Di un paso atrás, abarcando con el brazo lo que mostraba.

-¿Hacer el amor todos los días contigo...? ¿Hay alguien que se resista a este atractivo? En tí las leyes de Newton sobre gravitación universal hacen una excepción. ¿Cómo puede un cuerpo tan pequeño y ligero como el tuyo atraer de forma fulminante a todos aquellos que caen en el campo de tu vista? Estoy seguro de que si un hombre que te doble o te triplique en masa cae en el más lejano límite de ese campo, es más fácil que se sienta irremisiblemente atraído hacia tí, que permaneces inamovible en el centro, que no que tú vayas hacia él, como dicen esas leyes.

Amplió su sonrisa, ruborizándose. Sin parar de piropearla, empecé a dar vueltas a su alrededor, admirando cada uno de sus encantos, apreciando el relieve en tres dimensiones de sus curvas, la melena acentuando la luminosidad, su esencia femenina elevada a la categoría de arte.

-Eres la mujer más bella, atractiva y hermosa que existe. Si yo no me cansaría de admirarte cada noche, imagínate lo poco que me cansaría hacerte el amor todas las noches, no una, sino varias veces... por no decir que no me cansaría nada. -Reflexioné un momento, analizando lo que acababa de decir. -En fin, este último piropo es muy tópico, pero...

Ella echó sus brazos en mis hombros, me atrajo hacia sí y nos besamos. Se retiró hacia atrás, levantando sus brazos y extendiendo los míos. Me contempló una vez más de arriba abajo. Tiró de mí hacia la cama, topó con la orilla y trepó de espaldas. Se tumbó boca arriba, apartando peluches y almohadones.

-Hasta ahora llevar yo la iniciativa en caricias, querido -hizo notar, con voz pastosa. -Mostrar qué hacer tú. -Se abarcó con una mano, ofreciéndose. -Hacer conmigo lo que quieras.

Sonreí ante su invitación. Admiré su cuerpo, tumbado entre pliegues de blanco satén; la caótica corola de su cabellera, el cuello de cisne, escote de suaves y prominentes colinas rematadas en oscuros e hinchados botones, que retuvieron mis ojos escolares; las lisas dunas del vientre, con su diminuta cavidad central, el tupido y definido bosquecillo triangular, los muslos y rodillas una encima de otra, prolongando el curvo horizonte del desierto de café con leche, los pies pequeños, rematados en cortas uñas lacadas en rojo. Admiraba sus movimientos y contorsiones, suaves, contenidos, de felino mimoso. Me conminó. No me hice de rogar. Gateé encima de ella y la besé.

No contacté con su cuerpo más que con la boca; permanecí apoyado en manos y rodillas y resistí sus conminaciones a que me tumbara. Cubrí de besos su cara, sus orejas; pellizqué sus lóbulos. Me deslicé hacia su cuello. Sentí que se estremecía al encajar bajo su barbilla, ladeando la cabeza. Los aromas me embriagaban. Intensos olores de mujer. En el cuello y hombros, afrutados, artificiales, y bajo sus senos e ijares, salado y natural.

Seguí besando hacia su escote, con su tibieza reflejándose en mis mejillas. Trepé con los labios por una pendiente. Reclamé la oscura cima con roces leves, besos cada vez más apremiantes, pellizcos labiales y trazos circulares con la lengua, para acabar llenándome la boca de la joven y rebosante carne. El otro pecho lo masajeaba con la mano como cabecita de recién nacido, con el potente clavo raspándome la palma.

Pero la otra mano rugía ya de dolor y soledad, única nota desagradable en la densa y dulce partitura. El peso que soportaba en ese puño era desigualmente mucho mayor que en las rodillas. Ignoraba cómo coincidir mis deseos con el equilibrio de mi cuerpo. Ella prolongó una suave caricia por el brazo forzado, para captar la tensión de mis nudillos hundidos en el lecho. Tamborileó con sus dedos el amarillento dorso de mi puño.

-Víctor... -musitó, alzándome la barbilla. En sus ojos entrecerrados se mezclaban, deslumbrantes, el placer y la ternura. Acentuó los golpecitos en mi mano hundida. -Me encanta lo que haces, sentir sólo en mi pecho, pero vigila postura... Así estás muy incómodo y hacer daño aquí.

-Sí... tienes razón... Pero es que... no sé cómo hacerlo... -me alcé sobre mis rodillas, masajeándome la mano, para cubrirla con una ola visual de admiración -¡...eres tan hermosa, tan atractiva, y temo tanto que esto sea un sueño...! Un sueño tan maravilloso, estar así contigo...

Ella parpadeó despacio, sonriente. Dirigí mis manos hacia sus pechos otra vez. Puso las suyas encima, guiando. Después alzó una, y con el dorso de los dedos acarició mi mejilla. Pasó a la nuca y me conminó a echarme. Me tumbé lentamente, extendí las piernas alrededor de sus muslos y, antes de abandonarme por completo entre sus brazos, alcé la pelvis un instante para encajar mejor encima de su vientre. El contraste del tizón sobre su liso marfil encendió aún más el volcán.

Cerré su boca con la mía. Me supo tierna y diamantina. Un hilo de miel entre vapores de mercurio destilaba por su paladar. Sus brazos se cerraron. Después de repasar su cara a besos volví a bajar. Al estar en postura apenas forzada, me entretuve a gusto. Vinieron ambos senos, a los que dediqué también pródigas atenciones.

El vientre de suaves ondas, con la pequeña trampa en medio. Y ya por fin, la mata íntima. Pero mantenía los muslos cerrados. Me dediqué a aquella mata, besé, metí la lengua, pero no conseguí que se abriera. Insistí un poco más, rodeando en círculos concéntricos aquel triángulo, pero permanecía igual. Sin saber qué hacer, alcé los ojos.

Ella me miraba, la cabeza apoyada en un almohadón, ojos lánguidos, semicerrados, y sonrisa pícara. Alcé las cejas, mostrando mi ignorancia, esperando. Como permanecía quieta y en silencio, volví mi cara al paraíso cerrado. Quizás no había dedicado atención suficiente, así que empecé otra vez con la lengua y los labios, masajeando sus caderas con mis manos. Puse toda mi concentración y esfuerzo en encontrar la llave.

Al fin accedió a abrirse, con un suspiro, despacio. Alzó los muslos, pasándolos por encima de mis hombros, ofreciéndome una gloriosa vista de su intimidad. No perdí detalle. Sus pliegues, los brillos húmedos, el color, el olor. Pasé un dedo explorador con cuidado. Comprobé cómo entre dos pequeños pliegues oscuros se hundía, absorbente. Sentí la cavidad tibia, tierna y palpitante. Me llevé el dedo a la boca y rebañé la húmeda punta. Alcé las cejas, perplejo. El sabor era tenue y salado, no fuerte ni desagradable como pensaba hasta entonces. Lo que estaba descubriendo acaparaba mi atención, pero percibí sus convulsiones. Levanté la mirada, pensando que quizás le había hecho daño, pero intentaba contener la risa; sonreí abiertamente por mi ingenuidad.

Cubrí de indiscriminados besos aquellos pliegues. Capturé y estiré con los labios. Hundí mi lengua en aquel marasmo, moviéndola de arriba abajo, como lamería un perro, deteniéndome en aquellos puntos que consideraba claves por incompleta formación a través de películas porno. Por el vivo escozor que sentía en la base de la lengua, al forzarla durante mucho rato para mantenerla fuera, comprobaba otra nota discordante en esa educación improvisada. Ella, con los ojos cerrados, sonreía y gemía, y de vez en cuando soltaba una breve carcajada.

Noté unos golpecitos en la sien. Con la vista cargada y jadeando, se alzó un poco, amontonó tras su espalda las almohadas y se reclinó en ellas. Cuando agaché mi cara y cerré los ojos para seguir, me detuvo. Cogió mi mano, aisló el dedo índice y lo introdujo en su sensitiva rendija.

No reprimí otra expresión de asombro al advertir contracciones succionando hacia el interior, como besos largos en torno al dedo. Lo removí con delicadeza. Ella metió sus dedos índice y corazón, guiándome hacia un punto situado a poca profundidad. Hincó ahí, levemente, con movimientos circulares. Se estremeció. Seguí así un buen rato, pendiente de su respuesta. Abrió los muslos por completo. Con los dedos extendió sus pliegues, descubriendo la roja entrada. Rebuscó en el vértice de arriba un diminuto nódulo, que hizo vibrar con leves roces. Pasó su mano tras la nuca y me incitó. Besé suavemente aquel punto donde parecía centrarse todo su placer. Cerró los ojos y mordió el aire, soltando un gemido, estremecida.

El sabor era suave, pulposo. Mi atención se dividía entre esto y lo que percibía por el dedo. Además no perdía de vista sus pezones, que vibraban como faros gemelos erigidos en lo más alto de su perfil arqueado, su cabeza echada hacia atrás, hundida en las almohadas. De vez en cuando alzaba mi mano para percibir su dureza, momento en que aprovechaba para descansar mi lengua, ver de cerca el jugoso fruto abierto y satisfacer mi curiosidad.

Al comprobar que llegaba de nuevo, aumenté la cadencia. Gritó, golpeó la cama, tiró de mis cabellos, entre jadeos, mientras su cuerpo se volvía de piedra. Fluyó un nuevo sabor, más concentrado, que rebañé con la lengua, sin dejar gota.

Soltó un inmenso suspiro, y toda ella languideció como hilo de espeso aceite derramado sobre lecho seco. Sonreí con timidez, esperando su veredicto. Masajeaba tiernamente la hinchada y sensitiva zona. Amplié mi sonrisa al ver la suya, los ojos cerrados, las manos abarcando mi cabeza, apremiándome a trepar. Gateé y quedé a cuatro patas encima de ella.

Me besó, fluida y golosa. Se deshizo sin miramientos de la desordenada tumbona. Nos besamos de nuevo. Echó una ojeada a mi entrepierna y sonrió.

-¿Qué apetecer a tí hacer ahora? -musitó, ojo frente a ojo.

Parpadeé, con la mente en blanco. El miembro aparecía flácido, sin vida. Estaba tan concentrado en su placer, su belleza, en mi curiosidad, mis dudas sobre diversos puntos que deseaba resolver y mi continuo asombro, que se había retraído, olvidado.

-Echar aquí... -susurró ella, palmeando en la cama.

Nos tumbamos de lado, frente a frente, a un palmo. Divisaba mi reflejo en sus ojos. Estuvo un buen rato así, con una sonrisa pensativa que obraría milagros en un cartel publicitario. Con la mano libre pasaba los dedos por el brazo.

-A veces, una conversación relajar al más ansioso...

-¿Ansioso? -me asombré. -Pero... si no estoy atrompado, más bien lo contrario...

-¿”Atrompado”?

-Excitado, listo... -Hice el gesto con el puño. Ella comprendió.

-Ah, no preocupar... Presentir en tí a un amante de capacidad grande… mucha necesidad de cariño y sexo, y también fuerza y poder para responder al más pequeño estímulo.

No pude evitar una leve carcajada. Señalé mi entrepierna.

-Sí, ya veo lo gran capacitado que estoy... Mi primera vez con una mujer, y... -me ruboricé intensamente. -Y no con cualquiera, no. sino con la mujer de mis sueños imposibles...

-Tranquilo... Tú estar en ese paso... no, ese estado... en el que cuerpo, mente y corazón todavía no estar a igual nivel... a la par. Tu cuerpo no reaccionar, tu corazón desear más y tu mente no saber por dónde ir. Ser un estado encantador, te aseguro, así que disfrutar ahora con tiempo... cuanto más mejor. Después, ser todo rodado -vió mi expresión y se puso seria. -Hazme caso, yo te enseño, y hasta ahora estar muy bien. Lo mejor, ahora, es una conversación.

-Muy bien -me resigné. -Una conversación... ¿de qué quieres que hablemos?

Ella me miró a los ojos, sondeando en silencio. Dejó de acariciarme y se sentó con las piernas cruzadas. Con leve desdén y reproche, me dijo:

-Todavía no convencido... Víctor, te he tomado cariño y deseo mucho enseñar bien y dejar el mejor recuerdo en tí. De la misma forma que yo confiar en tí, tú confiar en mí también. Tú no ser un jovencito nervioso que no saber, y estar tenso y cerrado, querer terminar con prisa, y yo calmar, enseñar a tocar y acariciar, y conformar con poco que poder dar... Tú poder dar mucho más que eso, yo saber seguro. Así que, ¿por qué dudar de mis palabras y decir sí cuando es no? Expresar tus dudas, soltar todas, ahora ser el momento... Pero, si tú querer que yo comportar como una amante cualquiera, que pensar sólo en su placer o como una profesional del sexo, entonces decir y así ser yo contigo.

Reflexioné. Me senté a mi vez en la misma postura que ella, pero más recogido.

-Ti... tienes razón. Todavía no me creo lo que estoy haciendo contigo, y además es mi primera vez. Ha sido tan inesperado... Me gusta mucho el beso del alma. Me gusta tu cuerpo, tu coño, tu vagina, es muy bonito, muy tibio, tierno y acogedor, huele muy bien, distinto a como creía que olería, y lo mismo para el sabor… Siento como si... como si todo eso se negara a permanecer en la memoria... se me escurre de entre los dedos. Desearía estar más rato, horas enteras, días, entre tus muslos, tus pechos, fijarme en cada detalle con tranquilidad, tocarte, besarte, olerte, saborearte, cómo respondes a cada cosa que te hago... Me ha gustado verte excitada, ver tus pezones... -los señalé con timidez, todavía congestionados; ella sonrió -cómo se te hinchan y oscurecen, me han llamado mucho la atención. Me ha gustado que tengas un orgasmo por mí. Siento también que por mucho rato que yo esté así nunca será bastante para mí... Sólo tengo esta noche... Me gustaría verte desnuda más veces... para aprender más, repasar lo aprendido una y otra vez, y disfrutar añadiendo cosas nuevas... Además, mi propio cuerpo me falla. No pensaba que fuera así mi primera vez, ni de lejos... Lo esperaba tanto... Y por si eso fuera poco, temo cometer otra torpeza como la de antes, ahí fuera, y hacerte daño otra vez...

Se me acaloraba el rostro cada vez más y me recogí. Intentaba no perder de vista que ella era una veterana, con muchos y mejores amantes, que se reiría ante mi situación, que no le daría la importancia que yo le estaba dando, y que se contentaría con su propio placer. Reaccioné. Me estaba refugiando demasiado. Una ola de energía me hizo recuperar la maltrecha compostura. Alcé la cabeza. Echada ligeramente hacia delante, los codos en las rodillas, las manos juntas, escuchaba con atención.

-Dijiste antes que querías saber porqué a mi edad todavía soy virgen. Soy muy tímido. Cuando una mujer atractiva se acerca a mí, me pongo nervioso, tartamudeo, me quedo de piedra... y piensa que soy idiota. Intento remediarlo, pero no es fácil. Por mi trabajo y estudios no trato con chicas bonitas a menudo... Cuando conozco a una, intento tratarla como a una persona más, pero no puedo evitarlo. Mi reflejo de seducirla se activa y me vuelvo torpe y tonto. Y entonces pienso que o tiene novio, o está casada, o no quiere líos, o es lesbiana, y mi reacción de rechazo es desmesurada. Y la pata ya está metida del todo. Contigo ha sido distinto. Ya ves, he tenido que ignorar que sabes mi idioma para soltarme.

-Gran discurso -repuso ella, de pronto. Alcé la cabeza. -Sincero y valiente. -Su sonrisa era luminosa. -Como maestra, I pass you… Tú aprobar. Como yo decir antes, te tomar cariño a tí, y así, el sexo no ser sólo... ¿Cuál ser palabra fea en español...? To fuck... sino caricias, cariño y comunicación, muy importante, la comunicación... expresar tus dudas. Doble valor, al ser yo una desconocida, una amante de una sola noche -con una mano me acarició la mejilla. -Muy bien. Por etapas... por partes. Esta ser tu primera vez. Lógico que tú estar ansioso de aprender, de experimentar, de ver, tocar, probar... algo que tú esperar tiempo, mucho tiempo atrás. Y eso estar muy bien. Conocer a mí, a Anne-Laure Goddard, una modelo bella y famosa, tú seducir a mí y yo traer a tí aquí. Nada fácil, no, nada fácil. Tú no ser tan torpe como crees. Después de yo, venir... vendrán otras mujeres, quizás una de ellas ser muy especial para tí, y entonces tú conocer... conocerás, memorizarás a tu gusto los secretos femeninos que hoy ver por primera vez en mí. No querer aprender todo de repente, esto ser malo. Poco a poco... El ser una famosa la primera mujer en tu vida, dentro de algún tiempo no significar nada... si tú saber cómo comportar y cómo llevar para tí este recuerdo, esta única noche en secreto para tí solo. Yo estar segura que sí. Creo que importar más lo que yo dar a tí que mi belleza. El recuerdo de la primera vez, sobre todo si ser con una persona que aprecia, y hay cariño y comunicación abierta entre los dos, es hermoso y no olvidar nunca. Mi belleza desaparecer con los años, pero estos momentos en tí, no. Otra parte más... ¿Sólo esta noche, y no verme nunca más...? Cierto, más probable que así ser, pero... nadie saber qué pasar... No dar esperanzas, pero... quizás repetir esto contigo otra vez, otra noche...

Ella puso sus dedos en mis labios de inmediato, previendo mi acción de incredulidad, y pidiendo silencio con los suyos fruncidos, negando levemente con la cabeza.

-No dar esperanzas, ¿de acuerdo? No querer hacer daño con falsas promesas... Yo ser una mujer muy ocupada y tener muchos compromisos -repitió con firmeza. Me resigné. –Tú disfrutar esta noche conmigo. Durante la cena, decir que eres un caballero, yo espero que seguir así en el futuro, confiar en tí, espero no equivocar. Otra parte, el dolor... también eso ser normal. Sé que tú no saber cómo tocar, cómo acariciar, a pesar de ver muchas películas, leer libros, hablar con amigos... No, tener que saber por tí mismo. Notar que... por ejemplo, cuando tú chupar, ¿no doler tu lengua?

-Sí, tienes razón -admití, sorprendido. -Ha llegado un momento en que me dolía tanto que no podía tenerla fuera... Casi me asfixio... No lo entiendo. En las películas porno, los actores sacan la lengua y están así chupando un buen rato, sin cansarse. Pensaba que eso era lo que debía hacer, pero me escuece mucho, tengo calambres y no puedo aguantar fuera tanto... ¿Cómo lo hacen?

-Ser profesionales y estar acostumbrados. Además no estar tanto rato como parecer. Cambiar de plano o cortar cuando ellos cansar, para enfocar otra cosa y volver otra vez ahí tras descansar, o repetir la misma toma o poner del revés. Eso hacen. Más cómodo y menos cansado para tí y más placer para mí es apoyar y mover labios mientras chupar. Meter la lengua de vez en cuando está muy bien y es excitante, pero no estar así mucho rato. Mejor meter el dedo y mover.

-Pues... pues vaya -admití con reparos. Masajeé la tensa papada. -No esperaba esto. El dolor es...

-Ser típico en primera vez, y más en alguien como tú -sonrió. -Te entregar todo, intentar aguantar más allá del dolor... Además, en sexo, un poco de dolor, es placer -levantó la mano, juntando pulgar e índice sin tocarse. -Un poco nada más...

Con expresión traviesa posó su mano en mi muslo y arañó con fuerza. El escozor me produjo escalofríos. No reprimí un temblor general. Ella rió con ganas.

-¿Puedo besarte otra vez...? -dije yo de repente, embelesado por su carcajada espontánea.

Cesó de repente su risa, y me miró con falsa expresión de enfado.

-Víctor... Después de ver desnuda, gozar en tus brazos, besar varias veces... Si querer besarme, no pedir más veces permiso. Acercar a mí con mirada insinuante y ofrecer tus labios. Si no, yo pensar mal, que tú no confiar en mí.

-No pensaba en eso -abrí mucho los ojos. -En una revista de mujeres, leí que una de las cosas que más os gustan es que os pidan permiso para besaros, que lo encontráis muy tierno...

-Eso estar bien, pero en la primera cita, en la calle, en paseos, en casa ajena, sí. En pleno sexo, sonar mal. Además, no hacer caso de lo que decir las revistas.

Bajé la vista un momento, mordiéndome el labio. Me puse a gatas, me acerqué a ella con timidez, cerré los ojos y posé mis labios sobre la comisura de los suyos. Los recorrí de lado a lado con suavidad.

Cuando nos separamos, ella tenía los ojos cerrados. Sonrió con ternura y los abrió.

-A mí me gustaría que me decir más cosas bonitas al oído...

La imaginación que, a la postre, había tendido el puente sobre el gran vacío para estar con ella, ahora estaba en segundo plano, olvidado. Recurrir a eso tendría más beneficios que nunca. Me hice el remolón. Abrí los brazos.

-Ven aquí, que te abrace...

Dio media vuelta y encajó su espalda contra mi pecho. Aparté a un lado su melena y recorrí su cuello con mis labios. Cerré los ojos, rebuscando figuras reconocibles en la charca iridiscente de mi fantasía.

-Vamos a ver... vamos a ver... La mujer más hermosa del mundo... aquí, ahora, en mis brazos... -esperé pacientemente a arrancar. De repente, divisé una vía oculta entre la maleza, vi a dónde me conduciría y, con súbita decisión, tiré por ahí. -Tienes una pelo muy, muy bonito. Incitas a hundir los dedos en él y peinarlo una y otra vez, con delicadeza. Además huele muy bien. La nuca es suave, cálida, con una pelusa sensible, y huele mejor, porque es ahí donde se mezclan los olores de tu piel y de tu pelo, lejos de maquillajes, muy pocas veces visto por las cámaras y la gente, abrigado y guardado para el amante... Tu cuello, fino y flexible, me gusta mucho cómo reacciona a mis besos, cómo alzas tu barbilla para que encaje mi cara en él... Tu escote, maravilloso, reconfortante, me abrigaría ahí muy a gusto contra el frío... Los pechos, tus pechos, jóvenes, firmes, desafiantes, me volvían loco, y con razón, cuando te los adivinaba en las fotos de mi casa y en la cena, y ahora que los he...

-Todo eso ser muy bonito, y me gustar -interrumpió ella con voz queda. -Pero no... yo no entender… no entiendo...

-¿Qué no entiendes? -pregunté yo, con aire inocente.

-No ser lo mismo... Antes me decir cosas bonitas y tu fantasía me... volar, flotar... Ahora, no... Ahora sentir... frío, y calor, y... goose-flesh... carne o piel de gallina ¿se dice así, no?, en zonas de cuerpo que tú nombrar... Me gustar, me gustar mucho, pero... no ser lo mismo... y no saber por qué...

Percibía las dudas también en su cuerpo. Regusté íntimamente esta sensación.

-Es muy sencillo.-Mi soltura la sorprendió y se separó lo justo para volver la cabeza y bucear en mis ojos. Hablé despacio, eligiendo con cuidado las palabras. -Y me gusta que te hayas dado cuenta y me lo digas. He jugado con eso. Antes he usado figuras, alegorías, símbolos... para comparar todos tus encantos con algo que era... superior. Cada detalle tuyo, de tu cuerpo, usaba una... metáfora... ¿sabes qué es una metáfora?

-Sí, claro... -se sorprendió.

-No obstante, te lo diré porque es importante que lo tengas claro... Es algo mucho más fuerte que una comparación, es afirmar cosas que no pueden ser, y sin embargo, se admiten. Es una referencia directa con algo sublime y eterno en esa dirección o en la contraria, pero sin término medio... Bien, pues al empezar ahora, contigo en mis brazos, desnuda, y tras haber probado... haberte probado por entero, he decidido arriesgarme y no usar ninguna metáfora porque... -y guardé silencio.

-¿Por qué? -insistió ella.

La miré a los ojos y espesé la voz adrede.

-... porque la metáfora eres tú. Ahora y aquí, mi metáfora eres tú. Mi reina eres tú. Mi sirena, mi hada, mi eneida, mi freya... eres tú. Mi diamante, mi ascua, mi pepita de oro, mi nube en el desierto, mi hoguera... eres tú. Si hasta ahora te comparaba a tí con todo eso, ahora es todo eso lo que debería ser comparado contigo, usarte a tí como referencia, y no les llegaría ni de lejos.

Transcurrieron largos instantes; pensé gustosamente en un conejillo recién caído en una trampa, o un ave en el vacío que se olvida de volar. Acerté, porque cerró los ojos y aspiró con fuerza, echando la cabeza hacia atrás, frotándose contra mí. Su cuerpo se estremeció, y suspiró largamente. Decidí recalcar con ronco susurro.

-No hay nada más sublime que tú, nada más precioso, bonito, delicado y dulce que tú -y me lancé suavemente hacia su cuello.

A partir de ahí, todo se volvió confuso, etéreo, nebuloso, como entre brumas de plata sucia. Recuerdo cómo ella se abalanzó incontenible sobre mí, me echó sobre la cama y se centró de inmediato en mi entrepierna, la estimuló con precipitación y escozor, se alzó en toda su gloria y me hizo suyo. La dulce y tremenda sugestión de penetrar y sentir las contracciones en torno a mí, sin apenas moverse, su luminosa sonrisa a mi asombro de recién iniciado. Pero sólo fue una tregua, pues, queriendo mucho más, no tardó en ser todo cabalgatas, jadeos, gritos, exclamaciones en otros idiomas. Recuerdo su cabellera suelta ondulando al ritmo de su posesión, los arañazos y golpes en mi pecho, la presión con que frotaba mis manos sobre sus pechos, la fuerza vital de un cuerpo tan bien formado y hermoso, nuestro sudor, nuestro incontenible placer...

Admirar a la tenue luz de la lámpara su perfil desnudo y acompasado por el sueño, pasar suavemente la mano por ese perfil, incansable, una y otra vez, las zonas que más me gustaban, percibir la firmeza, la sedosidad y la calidez, cómo arrimaba mi cara y pasaba mi boca, cómo despertaba y se dejaba hacer, con una sonrisa cansada, hasta que me colocaba encima de ella y entraba dudando y embestía una y otra vez hasta llegar a mi orgasmo, cómo continuaba hasta que veía tener el suyo, como me relajaba después encima de su cuerpo, sentirlo latir y respirar bajo el mío, hasta que veía que se dormía, me retiraba y descansaba. Pero su presencia me llamaba, incontenible, como una polilla a la luz, y otra vez a empezar, al principio con curiosidad, luego con el firme propósito de no ir a más, sólo satisfacer mi necesidad de recuerdos táctiles, luego iba a más, se despertaba y la poseía otra vez...

Después ya ni se despertaba. Ora boca arriba, ora boca abajo, ora de lado, su curvilíneo perfil atraía mis manos. Acariciaba lo que tenía al alcance, incansable, ella se movía y suspiraba entre sueños y se quedaba boca abajo. Al parecer era su postura favorita para dormir. O bien expresaba un suave rechazo que yo ignoraba con facilidad. Acariciaba su espalda, su pelo, sus piernas, sus pies y su trasero. Este último se tornó iridiscente, con luz propia, porque bajaba mi cara ahí y, con la mano libre, lo cubría con ternura, sin apenas brusquedades para no despertarla, las caderas, los riñones, los glúteos, la rabadilla, los muslos. Mi curiosidad, mi deseo nunca se veían satisfechos. Me levantaba para una visión general, curvas elegantemente dispuestas en cualquier postura, colores de la piel en cualquiera de sus múltiples tonos, disfrutando de la disponibilidad, y me acercaba despacio; una peca, una diminuta arruga, cualquier leve imperfección actuaba de ancla visual, empezando a besarla desde ahí. La sugestión era completa, actuaba de combustible, lubricante y esmerada contención. Su falta de respuesta no impedía que me colocara a cuatro patas sobre ella sin tocarla. Con cierta fatiga, pasar mi miembro eternamente enhiesto en su rabadilla, encajarlo ahí, moverme con lentitud sin provocar apenas vaivenes en el colchón y eyacular sobre sus riñones, hozando apaciblemente entre su pelo y buscando su nuca. Me levantaba, iba al cuarto de baño de puntillas y volvía con papel para limpiar. Pero después, cansado y deseoso de no perder precioso tiempo separado de ella, lo limpiaba con la lengua y así empalmaba con la siguiente, casi sin descansar y sin la menor oposición por su parte, iba a mi ritmo, conociendo su cuerpo, los recovecos, las leves respuestas que ella emitía en sueños...

Cuando abrí los ojos al día siguiente me encontré solo. La inmensa cama estaba desecha, el sol entraba a raudales por entre las recias rejas del ventano y reinaba una atmósfera cargada. Me levanté y busqué mi reloj. Lo encontré en una silla, junto con el resto de mi ropa, bien colocada. Faltaba poco para las doce de mediodía. Me restregué los ojos. Escuché los ruidos. Sólo tráfico lejano. Salí fuera. Todo presentaba un aspecto distinto al de la noche, mucho más amplio, luminoso y despejado.

-¿Anne Laure? -llamé, sin esperar respuesta.

Volví al dormitorio, un poco mareado, y abrí el armario ropero. Rebusqué en los cajones inferiores con cuidado. Decidí llevarme una braguitas negras y un frasco de la colonia que llevaba anoche. Dejé todo como estaba y me vestí.

Nervioso, sin saber cómo volver a casa, cuando entré en el cuarto de baño leí un escrito en el espejo con barra de labios:

“Víctor: yo pasar muy bien esta noche contigo. Si estar preparado, marcar 82211 en teléfono y decir tu nombre. Mi chófer subir a buscar y llevarte. Besos”

Hice lo que me indicaba, y al rato, llamaron a la puerta. Fuera esperaba un hombretón trajeado, de sólida apariencia, hosco y silencioso. Nos metimos en el ascensor y bajamos al garaje. Un taxi esperaba frente a las puertas corredizas. Al salir al exterior, la luz me deslumbró.

Mientras circulábamos por las concurridas calles de París, yo iba con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados. La resaca impedía que recordara de inmediato lo que probablemente me acompañaba a partir de entonces para el resto de mi vida. Al llegar a esta conclusión, dejé de presionarme. Ya vendrían. Tenía la cabeza átona, sin capacidad de reacción, sumergida en un marasmo cálido y denso, casi opaco, palpable. Empezaron a brillar tenuemente destellos de la noche pasada. Sentí frío y calor a la vez.

Llegamos al aeropuerto. El gorila casi me tenía que sacar y llevar por el vestíbulo a rastras. Tras una espera de media hora, me llevó a un puerto de embarque donde subí a un avión pequeño. Me acogieron un par de azafatas sonrientes, que me guiaron y me acomodaron en una butaca, me abrocharon el cinturón de seguridad, ellas hicieron lo mismo y tras otra espera de un cuarto de hora, el avión despegó.

Durante el viaje, me dejaba hacer. No tomé nada, excepto un vaso de agua. Apenas articulé palabra, salvo algún agradecimiento cortés por las atenciones. Apenas me fijaba en el paisaje, en el lujo que reinaba en el interior del avión, en las azafatas. Estaba como perdido en una nube.

En el avión aún me aguardaba una sorpresa. Al meter casualmente la mano en un bolsillo de mi parka, noté un bulto. Era un paquetito primorosamente envuelto en papel negro. Lo desenvolví con cuidado. Resultó ser un diminuto joyero. Dentro aguardaba un fino collar de oro, con un colgante circular. El símbolo que ocupaba el centro era extraño. Lo contemplé con una sonrisa. Aquello significaba mucho. Metí la mano en el bolsillo del pantalón donde guardaba la prenda íntima sisada de su armario. La apreté con calor, y me animé bastante.

Dos horas después estaba en Zaragoza. Me despedí con sonrisa forzada y cogí un taxi para ir a casa.